Presente y futuro de la poesía

Presente y futuro de la poesía [1]

Mario Luzi
(Traducción de Ricardo H. Herrera) 
 

Después de haber escuchado las declaraciones e informes de mis ilus­tres colegas, casi tengo ganas de disculparme por la poca pertinencia y hasta por el tono de mi discurso, de mi breve intervención. Es que yo doy por descontado todo lo que se puede decir a favor de la poesía. El elogio de la poesía lo considero un punto que no tiene en su contra, en principio, objeciones posibles. Pero lo cierto es que me he sentido invi­tado a hacer una sincera rendición de cuentas de lo que experimenta un escritor de hoy en estas circunstancias culturales e históricas. Deberé, pues, intentar dar algunas precisiones, a través de la experiencia auto­biográfica, sobre cuál es el posible punto de encuentro entre un hombre que escribe y el mundo que, en cierto modo debería responderle, o, en todo caso, escucharlo. He hojeado mis libretas de apuntes, mis cuader­nos, no todos escritos, a veces meramente mentales, para verificar cuá­les son las preguntas que me han atormentado en estos últimos años.

Podría decir que estas preguntas están detrás de mis últimos libros, que de ellas en cierto modo han nacido mis libros, de ellas han tomado una particular estructura y también un particular acento. Entonces, to­mé nota en mi mente de estos temas recurrentes que se reflejan en las páginas de mis libros de poesía, como así también en algún que otro en­sayo que he escrito en forma simultánea.

Encuentro un primer problema, un problema que podría ser desco­razonador para uno que está concentrado tan sólo en escribir, en edifi­car mediante la escritura una obra: ¿el sujeto de la poesía es también su objeto? He aquí una pregunta que me parece bastante perturbadora. Y verdaderamente me ha agobiado por años.

Las respuestas que he encontrado son provisorias, nada tranquili­zantes. Seguramente muchos encontrarán ocioso devanarse los sesos con una cuestión que parece resuelta desde el principio y definida de una vez por todas: rendirse, no sustraerse, a la evidencia de que el circuito de la creación nace y concluye en el mismo punto, el ego del poeta.

El poeta, evidentemente, hace nacer algo que vuelve a derramarse sobre él. Él no conoce este algo anticipadamente, tampoco tiene alguna certidumbre sobre quiénes podrían insertarse en este circuito. Sobre esto no hay más nada que decir. Por lo tanto, comentaba en un apunte, hace falta un orgullo supremo o una humildad a toda prueba, o, mejor, quizás una mezcla de ambos, para aceptar esta conclusión que puede ser, como decía, verdaderamente autodestructiva: la conciencia de que el discurso, la palabra y el lenguaje de la poesía, nacen de un punto al cual retornan.

Ahora bien, el poeta es justamente uno que tiene este orgullo y es­ta humildad. Sin embargo, la cultura que le daba crédito y autoridad y lo favorecía reconociéndose implícitamente en él, ésa que se puede lla­mar cultura humanística, ha ido desintegrándose en forma progresiva. Y el poeta se encuentra de frente a una cantidad inverosímil de alteri­dades y oposiciones. Pero lo lindo es esto: que esas alteridades y esas oposiciones las descubre adentro suyo. Yo no hago otra cosa, en este momento, al formularme la pregunta, al plantearme el incómodo pro­blema de si verdaderamente hablo nada más que para oírme.

Es una objeción, es una alteridad también ésta, es una oposición que tengo en mí. El poeta debe todos los días, ininterrumpidamente, escuchar una serie inverosímil de voces que se vuelven en su contra, que le cuestionan la legitimidad de su quehacer. No por ello su tarea le parece menos legítima. Al contrario, el mismo orgullo y la misma hu­mildad de que hablaba, la de tener que hacer esta confesión o plantear­se este problema, lo impulsan a capturar lo distinto de sí, lo otro, que también está en su interior. Por lo tanto el ego monolítico del poeta que se considera tal y se afirma en el mundo como tal y se coloca frente al mundo en una posición antagónica, es un producto de la cultura mo­derna, de la cultura poshumanística: él lleva la escisión adentro de sí, él está lleno de contradicciones, él está lleno de requerimientos, de re­querimientos que no son satisfechos y de dudas que no encuentran respuesta.

Entonces, cuando se celebra la importancia de la poesía y se pide y se reclama para el poeta el derecho a ser escuchado, es preciso saber que en el interior del que hace ese pedido hay una lucha continua. Hay una lucha continua sobre su propio derecho, sobre la propia legitimidad, sobre la propia autoridad que nadie reconoce y que también su desen­cajada y dividida conciencia de hombre moderno pone en duda.

Yo por ejemplo, desde que era muy joven, he sentido, lo confieso, algo de arbitrario en el hecho de que el poeta ordene el mundo a partir de una emoción personal, desde una situación individual. Y que exigie­se audiencia silenciosa para su propio acento uniforme. Estoy de acuer­do en que su voz termina por ser irrefutable si toca algo de profundo o de latente en el hombre, algo que la ciencia no puede ni tocar ni expli­car. Pero, de todos modos, volvía a formularme la pregunta a menudo. ¿La simplicidad y la naturaleza de la poesía eximen al poeta de toda justificación? Ésta, creo, es una pregunta dramática para un cristiano. La fe en el valor intuitivo de la poesía, a mi parecer, no excluye el pro­blema del orden en el cual se ubica o al cual abarca, tampoco excluye la movilidad de las razones y los conceptos con los cuales se maneja quien la cultiva. Puede darse entonces que se deba concluir afirmando que la poesía es siempre igual a sí misma, como muchas veces se dice con una tautología acaso sacrosanta pero efectivamente simplificadora. En efecto, que la poesía es igual a sí misma, siempre igual a sí misma, puede ser sostenido sólo en tanto ella no permanece inmóvil sobre el principio de su propia existencia; se la vuelve a hallar idéntica, sí, pero más allá de las vicisitudes, de las aspiraciones, de las formas.

Y entonces, en un mundo hecho así, en una cultura como ésta, ¿puede la experiencia individual del poeta ser asumida como único pun­to de referencia? He aquí otra pregunta; y yo, estando aquí, debería res­ponder que sí, pero en cambio ni lo pienso porque dentro de mí está también mi alter ego, y también mi contra ego, esto es, ése que me po­ne a prueba negándome.

Y por ello me interrogo, y pienso que esta pregunta no es una pre­gunta hecha para lucirme, quiero decir, de exhibición; más bien, creo que es una pregunta verdadera. El poeta, a mi entender, como indivi­duo, está al mismo nivel de todos los que viven, piensan y sufren, aun cuando tenga a su favor la posibilidad de buscarle un sentido al deve­nir del mundo. Es, en definitiva, uno entre los tantos personajes de la comedia, aun cuando tenga el uso y, acaso, el privilegio de la palabra; privilegio entre comillas, porque la palabra es también un cruciatus, es también un tormento, llevando en sí y sobre sí esa responsabilidad que hace poco Emmanuel ha celebrado con tanto acierto.

En definitiva, creo que es propio de todo escritor moderno -de hoy, de esta cultura y de este mundo- el rechazo de la escisión del yo. Y yo, después de haberme presentado ante ustedes en la posición del que ex­presa y al mismo tiempo se contesta, he intentado consolarme de esto, porque también la estrategia de la psique tiene su importancia. Tengo necesidad, decía, también de cierta ilusión que me sirva de consuelo. ¿Cómo me he consolado? Diciendo: ahora lo que a mí me espera, a mí en cuanto escritor de hoy, es no levantar demasiado la voz, no preva­lecer sobre la palabra, no abrumar a la palabra con mi ego, dejar hablar las cosas. Más tarde, por este camino, creo haber llegado a una exhor­tación todavía más vasta que, si pudiese probarse, sería la más grande legitimación de la poesía. Una especie de corolario que suena así: si la poesía existe, ella está en todo. Si la poesía existe no está sólo en mi mente, no existe sólo en el deseo de mi realización personal, la poesía está en el mundo, está escrita en el mundo, está en todo, y yo debo en­contrarla. Debo ser el mediador de este descubrimiento, de este conoci­miento. Esto me ha consolado bastante y, en cierto sentido, ha vuelto a poner vigorosamente la pluma en mi mano.

No por esto he rechazado otra pregunta que ahora expongo en to­da su crudeza: ¿qué será de la poesía?, porque quien escribe tiene ne­cesidad no sólo del hoy y del ahora, que ciertamente están presentes ya que hay un hic et nunc fatal; pero es evidente que el hic et nunc del poeta presupone un post, de otro modo falta la medida, se produce el ahogo. Y entonces la pregunta por el después no es futurología, sino una pregunta explícita, necesaria. No se me escapa que ella está ligada a una amplificación que siempre he mirado con cierta sospecha; vale decir, esa pregunta brutal y presuntuosa, inquisitorial, que se formula así: ¿cuál es la función presente de la poesía, cuál podrá ser su función en el porvenir? Pregunta sobre la que diría nada más que estas pocas palabras: toda poesía se ha creado un vínculo con la contemporaneidad, con sus posibles lectores, pero también es verdad que toda época se ha creado un vínculo con la poesía que nacía en su interior, y, a través de ella, con la poesía del pasado. Porque la tradición existe sólo a condi­ción de que exista un presente que la torne legítima; que la exija, en de­finitiva. El uso de la poesía, por lo tanto, no es inmutable, como no es inmutable la forma ni tampoco la estructura latente y ni siquiera, po­dríamos decir, la episteme que la sustenta. La edad científica, el plura­lismo de las disciplinas de búsqueda y verificación modificarán, y ya es­tán modificando, la base de autoridad que la edad llamada humanística había fundado para la poesía

Pero también la poesía estará en condiciones, y sobre esto querría que concordásemos, de modificar los márgenes de certeza de la nuevas y viejas ciencias. Vale decir: nosotros, en cuanto escritores, no estamos en condiciones subalternas ni en condiciones de fijarle normas a nadie. Estamos en una fase de la cultura, de la evolución de la conciencia, y esto surge del interior y del trabajo de generaciones y especialmente de aquellas más recientes (no es una interferencia) para las cuales estas confrontaciones son necesarias.

A veces se oye al poeta lamentarse como si hubiese sido empujado a un rincón, pero esto no es para nada cierto. Esta susceptibilidad está fuera de lugar. Otras veces se siente al poeta que reclama: soy yo el que debe dar ella. También esto, creo, está fuera de lugar. Más bien, esta­mos autorizados a creer en esto (y mis relaciones personales con algu­nos hombres de ciencia me lo confirman): que la experiencia implícita en el arte de la poesía, porque estoy hablando de la poesía entendida como arte, del ejercicio artístico de la escritura, puede introducir un ele­mento distinto en el discurso de los científicos. O sea, resquebrajar el margen de supuesta certeza de ciertas ciencias y abrir rendijas a los im­passes en que a veces se atasca el pensamiento científico.

Yo creo que esta experiencia está siendo realizada por otros escrito­res, por otros colegas. He escrito alguna vez unas páginas tratando de definir en qué se distinguen y en qué se parecen la experiencia poética y la experiencia religiosa. Eso que tienen en común es la garantía de la continuidad de lo humano: ambas son depositarias de ello.

Que quede claro, no hay igualdad: son dos experiencias distintas. Pero si tenemos presente esta advertencia, este natural territorio co­mún, podemos estar seguros de que las respuestas de la poesía no son gratuitas. El poeta puede tener muchas dudas, muchas incertidumbres y frustraciones, pero no miente, y, sobre todo, no se engaña. Esto me importa decirlo porque éste es el combate que la poesía aún puede lle­var adelante, aunque sea el precio de su autosacrificio.

¿Quién escuchará las preguntas que la poesía lleva en sí? ¿Quién escuchará a la poesía? También sobre este problema hay posiciones encontradas. Está el lamento de aquéllos que protestan porque ninguno los oye, como si ser oído fuese un derecho adquirido. Está el escepticis­mo de los otros, de aquéllos que no creen importante establecer el diá­logo, un punto de vista que me parece superfluo. Los hombres de las otras disciplinas, de las otras certezas.

Yo diría que escucharán las preguntas de la poesía los mismos hom­bres que con su condición y con sus obras las han suscitado, porque la poesía no es el poeta que la imagina, sino, justamente, el hombre que la hace nacer. El poeta es, sobre todo, el mediador de estás cosas. Por lo tanto estas preguntas existen de por sí, nosotros somos nada más que los que las sacamos de la boca de aquéllos que callan. Aquéllos que callan porque no saben llevarlas consigo.

Entonces creo que nosotros los escritores podemos humildemente pensar esto: que escucharán las preguntas de la poesía y del arte los mismos hombres que con su condición y sus obras las han hecho na­cer. Que las han, quizás, renovado en el poeta que está presente entre ellos, y no aislado, no aislado por ningún diafragma. La separación existió mientras duró esa especie de episteme que yo he llamado leopardiana en otras ocasiones, por decir romántica en general, y consis­tía en la contraposición del ego afligido, del ego arruinado por una suer­te de naufragio filosófico, todavía desposeído de la humildad necesaria para reconocerse de la misma pasta y de la misma sangre que los otros hombres. Hay una soberbia implícita en el conflicto entre el ego y el mundo que es, precisamente, la última y más gloriosa fase del romanticismo.

Está claro que la civilización moderna ha llevado, con su polis monstruosa, a estas contraposiciones; pero también está claro que la frustración del poeta se deriva al mismo tiempo de su soberbia, o sea, de ese fracaso que deja sin oponente a su sed de predominio, de legis­lar sobre el mundo. Este es, justamente, un residuo de la retórica hu­manística, que ha viciado al poeta al ponerlo sobre un pedestal, y del romanticismo, que exasperó su ego con la derrota y el exilio. Esta no es una acusación, por cierto, es sólo un intento de explicar el drama de la poesía moderna. Creo que los poetas cristianos deben saber que la frustración de ese neurótico ego es un producto de su soberbia; acep­tando el poeta la condición humilde de hombre entre los hombres, este drama se redimensiona. No cambia, no se extingue, sino que comienza a ser vivido de otra manera.

Creo que en este plano, en cuya oscuridad estamos todos sumidos, se puede restablecer la reciprocidad entre el que escribe y los otros que en cierto modo proveen la materia de la escritura. Estos eran los pensamientos que he llevado turbulentamente con­migo en estos años; he buscado, por cierto, respuestas definitivas, aún sabiendo que no estaba en condiciones de encontrarlas, tratando de jus­tificar el papel de escritor que en cierto modo me he atribuido. Puede que haya una vocación, pero he hecho de ella un instrumento entre otros posibles, quizá también contra otros posibles. Los cual es siempre algo, créanme, que puede dejar dudas de conciencia.

No quiero darle demasiadas vueltas. Había que ajustar cuentas con aquello de lo cual se ha hablado esta mañana, vale decir: la intimida­ción, a través de una suerte de borrachera ideológica, operada sobre la poesía de estos años por todo ese frente que ha sido recapitulado con la fórmula de la muerte del arte y de la muerte de la poesía; fórmula de la cual se adueñó mucha gente, como los estetas, con sus fugas hacia adelante, quizás traumatizados por el derrumbe de los más tranquilizantes cánones humanistas. Y fórmula de la que también se adueñó la vanguardia, porque encontraba en ella un motivo de escándalo –escándalo no en el sentido provocador de la palabra, sino escándalo como división del presente y sobre todo del pasado, porque la vanguardia, si mira­mos bien, ¿qué ha hecho? Quizás de la manera más neurótica, en la forma más mimética, ha querido en cierto sentido testimoniar el gran perjuicio que ha perpetrado contra el hombre toda la organización de la sociedad moderna.

Hay una especie de valor sacrificial en ciertas características de las vanguardias: se lastiman, rompen sus propios instrumentos y la propia imagen para denunciar en carne propia, en su propia apariencia, la vio­lencia que hay en la sociedad moderna, violencia que la poesía no pue­de no registrar. La vanguardia en esto se opone, o es muy distinta de la otra poesía. Ha respondido a las preguntas del mundo, lo ha hecho con apariencias más llamativas, recitando su pantomima con el fin de dramatizar también exteriormente ese proceso tan difícil que se desarro­lla en todo poeta, el cual debe convencerse, legitimarse mediante un gran esfuerzo de la mente y de la voluntad. Ha hecho todo esto sólo aparentemente en contra, porque en sustancia trabajaba para la poesía, para la expresión literaria, para el arte en sentido lato. Y ha respondido neuróticamente, superando patéticamente la preliminar negación de sí misma, de la poesía misma. Haciendo mímica con la neurosis de la vio­lencia que soporta el hombre moderno, en cuanto parte de un engrana­je productivo heterodirigido, y en cuanto destinatario de la cultura fal­samente liberadora.

¿Fue justa su respuesta? Quizás no. Fue la suya una respuesta en­ferma, pero la enfermedad es la del hombre de hoy, es de nuestro tiem­po, y el poeta no puede rechazarla. El poeta también debe sufrirla: no puede sino interpretarla. Puede medir la fiebre, puede darle un nombre al sufrimiento, pero no puede oponerle una salud monstruosa -déjen­me decirlo- al mal del mundo.

No quisiera concluir con notas demasiado dolorosas o dramáticas, pero la verdad es que no tengo argumentos para tomar más eufórico mi testimonio; testimonio que, bien entendido, no es pesimista, es sólo dramático; es testimonio, justamente. Cuando interrogándome, y seña­lando alguna provisoria hipótesis de respuesta, reflexionaba más sobre la legitimidad de la poesía que sobre la naturaleza del poetizar, la opre­sión desnaturalizadora que el mundo contemporáneo ejercitaba sobre el hombre estaba obviamente en pleno curso. No había aguardado la lle­gada de nuestra generación ni tampoco la aprobación de nuestra con­ciencia: se había organizado sobre el provecho del hombre sobre el hombre, según ese proceso perverso que no pudo interrumpir ni siquiera el grande y sangriento conato leninista, con su inversión del orden de los factores que ha dejado inalterable la finalidad de esos mismos factores. Esenin lo comprendió primero, después Maiakovski.

En suma, todo eso que la polis numeraria y masificante, criatura ella misma de la necesidad de producción, ha traducido en un mito de la producción y, después, en un monstruoso mecanismo proliferante y destructivo de cosas, y no tanto de cosas como de su neurótica exigen­cia, todo eso no ha hecho más que aumentar los crímenes en estos de­cenios, alimentar los abusos sin escándalo, substrayéndole su humanidad al hombre.

Pero la violencia implícita en la sociedad, edificada sobre la reduc­ción del hombre, sobre su trabajo remunerado en forma irrisoria, a ve­ces con premios que favorecen la servidumbre (servidumbre a la masa, al número, a sus invisibles señores y a las ideologías liberadoras pro­vistas como drogas por el poder mismo, económico y político), esta vio­lencia no se había expresado aún como ofensa, como salvaje negación del valor de la vida humana, como desprecio a la figura misma del hombre, así como hoy sucede; y el extrañamiento del escritor no pue­de sino haber aumentado. Más aún, se abre paso ahora un sentimien­to de persecución que disuade al hombre de cumplir todo deber; mas he aquí que he pronunciado la palabra «deber», y «deber» es, esencialmen­te, el fruto de la mediación entre el grupo y el individuo.

Hay sobrentendida, clara, una misión en el deber; y en una fase co­mo ésta, de descomposición y de aún no visible reunificación de la so­ciedad, no puede haber deber, no puede haber misión atendible. El tra­bajo del poeta se desarrolla, por lo tanto, sobre motivaciones y necesi­dades propias, como siempre, pero ahora no pactadas con ninguna au­toridad oculta o visible que le sea externa. Está más desenganchado de lo que nunca lo estuvo, el trabajo del poeta. Desenganchado, casi en el vacío, y sin embargo debo confesar que ahora, menos que nunca, du­do de su exactitud y de su «utilidad» -uso esta palabra que parece tan mezquina en el contexto, la invoco con persuasión.

En un tiempo como éste, que sumerge con su caótico oleaje todos los criterios que hasta ahora nos habían guiado y sostenido, no encuen­tro mi adhesión a la vida ya su principio, no la reencuentro nada más que en el humilde poder reunificante que tiene el uso verdaderamente poético del lenguaje, donde el último se vuelve a unir con el primum, sin que sea distorsionado por ningún prejuicio.

Aún podría ser esto, todavía, el egoísmo de una justificación subje­tiva de la salvación de mi alma, justificación por la cual he confesado mi horror al comienzo y de la cual confirmo ahora mi desaprobación; ¿pero es verdaderamente egoísmo esta posibilidad que consiente el uso poético del lenguaje? ¿Es ésta una posibilidad que se le ofrece también a los otros; quiero decir: al servicio, esta vez gratuito, sin respuesta, sin contrapartida, de los otros? Por lo menos para hacerle saber a los otros cuánto han perdido, cuánto les es sustraído en naturaleza, en humani­dad, en santidad querría decir, cada día. Sí, el tiempo irritado y tumul­tuoso, este tiempo trágico consiente, quizás trágicamente propicia la poesía. Y se puede ser poetas o aspirar a serlo. Y no avergonzarse.

 

Notas al pie    (>> volver al texto)
  1.  El presente ensayo de Mario Luzi (Florencia, 1914) lleva el título original de “E non vergognarsi”. Transcripción de una grabación, forma parte del libro Discorso naturale>>