La poesía de amor en la Roma antigua

La poesía de amor en la Roma antigua [1]
La mujer, la pareja, el amor: nuevos roles y nuevos modelos del cancionero de Catulo.

Paolo Fedeli
(Traducción de Arturo Álvarez Hernández) 

 

En Roma no se puede hablar de una producción de poesía de amor antes de Catulo: esta realidad, que a nuestros ojos puede parecer sorprendente, tiene una doble explicación, vinculada al modo de entender la cultura y de concebir la relación varón-mujer. Hasta el período de decadencia de la república componer poesía carente de compromiso cívico no debía ser juzgado digno de la gravitas  [2]  del ciudadano romano: incluso los primeros literatos, todos esclavos o libertos entes del eques [3]  Lucilio, si se excluye su producción dramática, concibieron al epos como la actividad poética lógica.

Las clases dominantes se limitaron a mantener el control sobre el saber histórico y sobre el saber jurídico, que prefirieron manejar directamente, con plena conciencia de su relación estrecha con la conservación del orden estatal. Por su parte el poeta, casi siempre carente de fortuna personal, tiene necesidad del hombre político para publicar y difundir sus obras literarias, dirigidas a aquel reducido círculo de entendedores capaz de percibir sus sutiles alusiones a los modelos: se habrá tratado, naturalmente, de los representantes de la aristocracia, los únicos en condiciones de unir al ejercicio de la actividad política la posesión de una sólida cultura. [4]

Si, de todos modos, a partir de Lucilio una producción de poesía no oficial -de impronta helenística- había comenzado a desarrollarse (basta pensar en el círculo de Lutacio Cátulo, en el cual es probable que la producción literaria esporádicamente incluyera también poemas eróticos, o en los Erotopaignia de Levio, donde sin embargo las situaciones eróticas involucraban a personajes del mito), sólo con Catulo asistimos a la difusión de un cancionero en el que una mujer ocupa el rol central, porque en el mundo del poeta constituye la suma de todos los afectos. Y sin embargo la influencia helenística había actuado sobre la producción literaria latina desde sus comienzos: y los poetas helenísticos -en primer lugar Calímaco, punto de referencia obligado para los imitadores romanos- habían tenido una producción de carácter erótico, si bien por lo general limitada a la brevitas del epigrama (por no hablar de la gran lírica de amor arcaica). Los poetas latinos de amor serán hasta tal punto conscientes de generar, con su modo de hacer poesía, una verdadera subversión de los valores morales, que opondrán constantemente su actividad a la del civis políticamente comprometido.

En un aporte reciente Maurizio Bettini [5]  avanza, a propósito de la poesía de amor latina, algunas sugerencias dignas de atenta reflexión. El poeta de amor da vida a un nuevo modelo de comportamiento en el intento de realizar una relación de pareja de tipo nuevo, que no es ni aquel destinado a concretarse en el matrimonio ni el fugaz apasionamiento por mujeres de poca importancia.

Existe el peligro de no otorgar a esta circunstancia el debido peso y de no percibir que justamente en el período comprendido entre el fin de la república y la consolidación del principado augusteo se fueron formando una mentalidad y un modelo de comportamiento amoroso y sentimental, que han ejercido una influencia decisiva en las generaciones sucesivas. Entonces corresponde contestar adecuadamente a toda una serie de preguntas: ¿por qué justamente en aquellos años el poeta decide mitificar a la mujer? ¿por qué el amor se convierte en una experiencia totalizadora? ¿por qué el amor es considerado el único sentimiento digno de ser vivido?

En todo caso es seguro que, a pesar de que nosotros no nos demos cuenta, nuestro modo de concebir el amor tiene aún mucho en común con la concepción del amor elegíaco. Esto significa que, resueltos ya los problemas relativos a las fuentes, establecido el estatuto del género y las peculiaridades de cada uno de sus exponentes, el discurso sobre la poesía de amor debe dar un último salto cualitativo: dado que el amor elegíaco es también enunciación de modelos de comportamiento, al punto que escribir poesía de amor equivale a vivir de un modo particular, sería oportuno transitar la experiencia elegíaca en una perspectiva histórico-antropológica, para entender por qué se eligió precisamente ese camino para concebir el amor y no otros igualmente transitables.

El canto de amor presupone la creación de una relación afectiva, sea ella real o ficticia, de naturaleza hétero u homosexual: en la tradición latina el amor objeto de canto es -con Catulo y los elegíacos- principalmente el heterosexual (Propercio, por ejemplo, ignora el componente del amor homosexual y Tibulo lo limita a las tres elegías del libro I dirigidas a Marato). Se entiende, entonces, que es el propio rol de la mujer en la sociedad romana el que determina que ella no constituya inicialmente un fácil objeto de canto: porque si bien la mujer romana goza de mayores libertades que la griega y puede participar de las diversas manifestaciones de la vida social, de todos modos perdura el cliché de la madre y esposa ejemplar, sometida al marido y vinculada a él incluso más allá de la muerte, ferozmente castigada en caso de adulterio, raramente dotada de cultura.

En el campo literario la tradición romana conocía los amores de la palliata  [6] ; pero no es casual que en la comedia se presentase siempre al público la pasión por las cortesanas, con un final obligado: el matrimonio era posible sólo si la cortesana, merced a un prodigioso reconocimiento, recuperaba su condición de persona libre; no existía, pues, ninguna alternativa entre los amores banales y pasajeros y el serio vínculo matrimonial. Por otra parte en los vv. 37-38 del Curculio plautino se dice con toda claridad a qué limitaciones debía someterse el amor de la palliata: dum ted abstineas nupta, vidua, virgine,/ iuventute et pueris liberis, ama quidlibet [7] .

En el cambio que se produjo a partir de Catulo en el curso del s. I a.C. actuó sin duda un componente de naturaleza literaria (la mayor influencia del Calímaco de los epigramas eróticos y de otros representantes helenísticos del epigrama de amor). Pero un fenómeno que habrá de adquirir grandes proporciones no puede haber sido sólo de carácter literario. El canto de la mujer y del amor debe haber encontrado un terreno fértil en una progresiva transformación de la mentalidad: la reflexión sobre el estado, sobre el rol del individuo en la sociedad, sobre el sentido de la vida, habrá predispuesto a los espíritus más sensibles a una actitud, respecto de la misma mujer, diverso y de mayor comprensión, en contraste tal vez con la realidad jurídica. Es verdad, sin embargo, que la mujer romana anónima no habrá sido muy distinta de los míticos ejemplos de una Lucrecia o de una Cornelia: tenemos pruebas de ello en las inscripciones funerarias, en las que a la mujer se le elogian los atributos tradicionales de pietas pudicitia castitas  [8] , además de su pericia en hilar la lana. Esto significa que, no obstante las excepciones y las conquistas, el modelo antiguo seguirá resistiendo tenazmente en la mentalidad común; pero aquel de Catulo y de los elegíacos será el modelo triunfante, si juzgamos el modo de concebir el amor y las relaciones con la mujer desde el punto de vista de sus resultados, hasta nuestros días.

Para el origen literario de la poesía de amor es significativa la elección que se verifica en el curso del siglo I entre las dos corrientes helenísticas que habían cultivado la poesía erótica. Catulo y, más tarde, los elegíacos, preferirán a los tonos burlones del epigrama amoroso calimaqueo -donde la experiencia erótica se disolvía en un rápido pasaje de un amor a otro, sin ningún padecimiento- aquellos tonos patéticos de un Meleagro, más moderno no sólo por ser casi contemporáneo, sino también por ser capaz de tejer un discurso amoroso en el cual la profundización de sentimientos y sensaciones asumía un rol importante: el amor en él no era un lusus  [9]  refinado, sino un sufrido motivo de vida. Siguiendo su huella, entonces, a partir de Catulo el amor será torturado y una fuente de infelicidad.

Dado que Catulo forma parte de un círculo poético, aquel que utilizando una fórmula ciceroniana suele ser definido neotérico [10] , se podría pensar en una sistemática producción coetánea de poesía de amor por parte de sus sodales  [11] : pero los juicios de sus admiradores e imitadores augusteos dan a entender claramente que el modo catuliano de cantar el amor se distinguía, por su intensidad y lascivia, de los pálidos experimentos paralelos de la producción neotérica y preneotérica [12]  En el elenco de poetas que lo precedieron en el canto de amor, Propercio (II 34, 81-94) cita, antes de Catulo, a Varrón de Atax y Licinio Calvo: pero Varrón de Atax no había escrito versos de amor para su Leucadia en su juventud, sino al término de su actividad, y por lo demás había cantado un amor feliz; de Licinio Calvo, amigo de Catulo, ya entonces se recordaba el poema, o la colección de poemas, por la muerte de su esposa Quintilia. En cambio Propercio, al presentar su amor por Cintia (II 34, 93-94), subraya la analogía justamente con el amor de Catulo por Lesbia: así como Lesbia ha llegado a ser más famosa que Helena gracias a los poemas de Catulo, del mismo modo la fama de Cintia es confiada al canto de amor de Propercio.

Las resistencias y las reacciones de la moral tradicional debieron hacerse sentir. De la moral de la época nos queda un testimonio importante en las incriminaciones infamantes que Cicerón dirigió a Lesbia-Clodia en ocasión de defender, en el 56 a. C., a su antiguo amante M. Celio Rufo, de la acusación de envenenamiento. Cicerón habrá encontrado ciertamente la más plena adhesión por parte de los jueces ante palabras como las siguientes: «admitamos incluso que una mujer no desposada haya abierto su propia casa a los deseos de todos y haya decidido comportarse como una meretriz, participar de las juergas de hombres que le eran totalmente extraños, en la ciudad, en su casa de descanso, en medio de los que pululan por Baias; admitamos por fin que se maneje de semejante modo no sólo por la manera de andar y de adornarse y por las personas que la acompañan, no sólo por el ardor de su mirada y por el carácter licencioso de sus palabras, sino también por los abrazos, los besos, el comportamiento, los paseos en velero, las parrandas, al extremo de no parecer simplemente una meretriz, sino una meretriz impúdica y descarada.» (Cael. 49).

Para la moral de la época, entonces, el comportamiento de una mujer como Lesbia era el apropiado para una cortesana. Del lado de semejante actitud se coloca aquella de los representantes de los géneros literarios nobles como el epos o la tragedia, en constante polémica con los cantores de todo amor que no fuese noble pasión, o de los exponentes de la poesía didáctica de contenido filosófico. En el largo desahogo contra el amor del epicúreo Lucrecio (IV 1052-1208) junto con la idealización del amor resulta condenado incluso el erotismo. Desde este punto de vista el consejo de quaerere viles  [13]  para dar rápido desahogo a los instintos sexuales pone a Lucrecio en un plano no diverso de aquel en que se coloca Cicerón, cuando afirma a propósito de Lesbia-Clodia: «si hay alguno que piensa que se deben prohibir a los jóvenes también los amores por dinero, ese -no lo niego- es un ejemplo de severidad; pero no toma en cuenta ni la libertad de costumbres de nuestra generación ni los hábitos y las concesiones de nuestros antepasados» (Cael. 48).

Con su canto de amor por Lesbia Catulo se colocaba en abierto contraste con la moral de su época. Él constituye para nosotros el primer ejemplo de un poeta que quiso confiar a un cancionero su relación con una mujer de alto linaje, para peor ya casada. En esta actitud es posible advertir toda la diferencia respecto de la tradición helenística, que había conocido solamente la poesía de amor para las cortesanas. La extraordinaria novedad de Catulo reside en la inversión de las relaciones convencionales que él realiza, otorgando a la mujer un rol central en la poesía, y poniéndola así en un nivel de dignidad hasta entonces desconocido.

Dado que el amor es una fuerza devastadora, quien se entrega a él se dispone inevitablemente a subvertir el sistema de valores de la moral tradicional. Es posible, sin embargo, que, al menos en los comienzos de la relación con Lesbia, Catulo haya orientado su actitud hacia una prudente cautela: parece testimoniarlo la condena del otium, como peligrosa consecuencia del amor, en la estrofa conclusiva del c. 51, en la que se alude incluso a la destrucción de Troya como consecuencia del pecado de amor. Sea como sea, para la generación de los elegiacos Catulo será el maestro en su rechazo del vir gravis [14] de la tradición: de ahora en más para los poetas de amor será convencional reemplazar el compromiso político, la superioridad del hombre sobre la mujer, la invulnerabilidad respecto de la pasión, con las actitudes de signo opuesto, que incluso se convertirán en los argumentos predilectos del canto. También el componente helenístico del amor mítico sobrevive en Catulo, pero es nuevo el modo en que él se presenta: porque sirviéndose del filtro del amor mítico Catulo presenta a los lectores su propia pasión infeliz. El ejemplo emblemático se encuentra en el c. 64, en el que Catulo, con el episodio de Ariadna abandonada por Teseo en la isla de Naxos, revive su propio dolor de amante obligado a padecer la traición por parte de la persona amada [15]

Reconstruir las etapas del amor de Catulo por Lesbia a través de los poemas sería una empresa vana y destinada a un seguro fracaso: por otra parte el intento de Catulo no era el de ofrecemos en ordenada sucesión la crónica de su experiencia de amor. En cambio es oportuno identificar las líneas temáticas a lo largo de las cuales se desarrolla la relación entre el poeta y la mujer amada, porque además ellas constituirán un itinerario obligado para la poesía de amor elegíaca. Con Catulo, en suma, comienza a delinearse un código de comportamiento destinado a operar mucho más allá de la producción literaria y a transformarse en parte de la mentalidad común.

El amor, que compromete totalmente al poeta al punto de convertirse en el verdadero motivo de su vida, termina por caracterizar el suyo como un comportamiento sine ratione: todo esto será abiertamente teorizado por los elegíacos, y perfeccionado con el recurso a nuevas temáticas, como el rechazo de riquezas y honores, el elogio de la paupertas, el odio a las castae puellae  [16] , la abierta oposición respecto del hombre político y del militar. Los elegíacos se permitirán incluso la representación metafórica del amor como locura: en Catulo, en cambio, la caracterización de todos modos negativa de los síntomas y de las manifestaciones del amor no llega nunca a hacer mella en la dignidad del poeta enamorado. Sólo en el c.75 el amor es sinónimo de locura; pero en el c.76 Catulo quema curarse del amor-locura, de una pasión que él siente como una peste y una languidez que se le infiltran arteramente hasta sus fibras más íntimas.

Al alcanzar un rol central en la poesía, la mujer amada experimenta un inevitable proceso de idealización: no sólo se eleva por encima de todas las demás por sus dotes intelectuales, sino que es colocada en un nivel sobrehumano de dignidad, que hace de ella una puella divina. Las dotes intelectuales de Lesbia están ínsitas en su doctrina  [17] , que la proyecta al rango de Saphica puella, capaz de apreciar los poemas de Safo y las sutiles alusiones de Catulo (basta pensar en el c. 51). Mucho menos elocuente se muestra Catulo en la celebración de la belleza de Lesbia, que resulta definida sólo a través del contraste con la fealdad de otras mujeres; en el c. 43 los defectos físicos de Ameana, la mujer del despreciable Mamurra, son descriptos con una serie de lítotes, de las cuales se deducen por contraste las cualidades de Lesbia. También en esto serán los elegíacos quienes construirán un canon propiamente dicho, con sus elogios de la mujer alta y esbelta, de cabellera rubia, de ojos negros, de largas manos.

Ya en Catulo las etapas del amor se suceden a la luz de la ley del contraste. Sabrán aprender su lección los exponentes de la generación elegíaca, para los cuales el amor digno de canto no será jamás aquel feliz, que se agotaría pronto en aburrida contemplación, sino aquel complicado, fuente de continuos sufrimientos. La realidad del amor será, entonces, la realidad de la traición, que debe ser aceptada con sufrida resignación: el poeta sabe bien que durante sus estadías en Verona será reemplazado por otros; pero esta realidad para él es signo de infortunio, no motivo de vergüenza (62, 28-30). Por otra parte, haga lo que haga Lesbia, él no podrá jamás dejar de amarla (75, 4): aceptará, entonces, sus traiciones, augurándose en todo caso que no sean muy frecuentes (68, 135-136).

Si bien afloran a veces las aspiraciones a un amor legítimo, el poeta sabe bien que no podrá jamás concretar sus ambiciones conyugales con la mujer amada: entonces él reconstruirá una imagen simbólica del vínculo conyugal merced a foedus amoris  [18] . En Catulo, por primera vez, aparece el motivo del pacto de amor, que tanta importancia tendrá en el desarrollo de la poesía erótica. Confluyen en su elaboración motivos bien consolidados en las costumbres y en el lenguaje de la amistad romana: pero el foedus mantiene sólidos vínculos con fides, que incluso se convierte en su componente esencial, porque serán los dioses los garantes de que el pacto sea respetado. A causa del contenido religioso del foedus, Catulo se preocupa de subrayar hasta qué punto él lo ha respetado siempre (76, 3-4), y contrapone su actitud a aquella de la mujer traidora (87, 3-4). En el foedus, tal como lo concibe Catulo, no es relevante sólo el aspecto sexual del amor: éste, de hecho, no excluye ni los desbordes de afecto ni una patética devoción a la mujer propia (72, 3-4).

La lógica que domina la poesía de amor de Catulo es la de la contradicción: en el complacido e insistente recurso a la autoconmiseración, que lo impulsa incluso a transferir el propio ego en personajes femeninos (Ariadna, Berenice) y a olvidar que el sentimentalismo exagerado es indicio de afeminamiento (16, 12-13); en las furibundas manifestaciones de celos, difícilmente justificables en quien ha sostenido que los celos significan estupidez (68, 135-137); en la esperanza de que dure eternamente el pacto de amor (109, 5-6), que mal se concilia con la disponibilidad a contentarse con un sólo día de fidelidad (68.147-148); en la voluntad de apartarse de Lesbia, muchas veces afirmada pero siempre abandonada a cada mínima esperanza de retorno al amor feliz (c. 10). La conciencia de la infidelidad de Lesbia implica, como reacción, la reivindicación de la propia fidelidad: la única consecuencia podrá ser el desdoblamiento del amor en amare, que designa las manifestaciones sexuales del amor, y en bene velle, que indica el lado afectivo del amor, ya inalcanzable (ce. 72; 73; 75). El amor feliz Catulo se limitará a descubrirlo en otros: por ejemplo en Acme y Septimio, que se aman tiernamente y se repiten palabras de amor para testimoniar la intensidad de su pasión (c. 45).

En el contexto de la lógica de la contradicción se da por descontado que hemos de asistir a tentativas de conciliación de los opuestos: en el c. 85 la antítesis entre bene velle y amare se condensa en el oximórico odi et amo  [19] , mientras que en el c. 92, a una Lesbia que habla mal de Catulo aunque lo ama, le hace pendant un Catulo que la cubre de improperios y sin embargo la ama.

Cuando por fin Catulo se planteará el problema de la búsqueda de un remedio, no podrá hacer otra cosa que invocar el auxilio de los dioses: la plegaria del c. 76 (vv. 17-26) debe moverlos a compasión, para que el poeta tenga la capacidad de superar la situación desesperada, gracias a un recuperado control de la propia razón. Se trata, entonces, de una solución intimista: pero es la única posible dado que a Catulo se le niega el verdadero remedio, que debería provenir de la benévola ayuda de los amigos. Prescindiendo de los camaradas del círculo neo-térico -que sin embargo jamás aparecen en el rol de salvadores providenciales del poeta enamorado- el cuadro de la amistad que ofrece Catulo es desolador; en el extremo opuesto a Alio, el único en favorecer el amor del poeta por Lesbia (c. 68), se ubican todos aquellos que compiten en arrebatarle la mujer amada (cc. 50; 35; 40; 77; 91; 115; 116). O bien se trata de falsos amigos, como Furio y Aurelio que querrían propiciar una inútil tentativa de reconciliación entre Lesbia y Catulo (c. 11). La mujer sigue siendo, de cualquier modo, la verdadera artífice del inicio y del fin del amor: había sido ella quien posibilitara el inicio, violando la fides que la vinculaba al marido y aceptando el foedus con Catulo; será ella quien decretará su fin, cuando se hará definitiva e irrenunciable la violación del pacto de amor que la vinculaba a Catulo. Junto con el c. 11 es el c. 8 el que testimonia el momento del definitivo discidium  [20] ,con el lamento del poeta por su destino infeliz y tan distinto de aquel que se configuraba en los días del amor satisfecho (c. 5), y con una insistente exhortación a resistir de una vez por todas.

El amor tiene un lenguaje propio, que en buena parte coincide con el de la amistad. Catulo, que -partiendo del léxico erótico de la comedia- más que ningún otro autor ha hecho un aporte fundamental a la creación del lenguaje de amor latino, vive en una época en la que cambia profundamente en Roma también el concepto de amistad. Con anterioridad la amistad estaba subordinada a la vida política y palabras de ese ámbito definían el hacerse y deshacerse de las alianzas políticas; pero en los primeros decenios del s. I a.C. la amistad tiende a configurarse como valor autónomo, así como sucede con el amor [21] . No sorprende, entonces, que en el lenguaje latino del amor aparezcan términos del léxico político además del de la amistad.

Gracias a Catulo una nutrida serie de vocablos adquiere derecho de ciudadanía en el lenguaje del amor: baste recordar la definición del amor como dolor (2, 7), ardor (2, 8), cura  [22]  (2, 10; 68, 51), pero también como morbus (6, 25), como pestis y pernicies que se infiltra por los miembros semejante a un torpor (76, 20), como ignis que quema en las médulas (45, 16) y las devora (51, 15); o bien la definición de la amada como desiderium (2, 5); del enamorado como vesanus  [23]  (7, 10), miser (8, 1; 51, 5), misellus (45, 21), y de la enamorada que se consume como misella  [24]  (51, 14); del enamoramiento como equivalente de ineptire [25] (8, 1), de perdite amare [26]  (45, 5), de amore deperire  [27]  (55, 12), de tabescere  [28]  (68, 55), de ardere (68, 55).

No se ha prestado nunca mucha atención a los tiempos usados por Catulo al hablar de su amor: y sin embargo es significativo que sus vicisitudes sentimentales sean descriptas por él en presente o en pasado, más bien que proyectadas en el futuro. Porque el de Catulo es un amor que resulta vivido entera e intensamente en un frágil y provisorio presente y que pertenece al pasado ya en el momento mismo en que se realiza: el suyo es un rápido hacerse y un igualmente rápido deshacerse.

Un sólo poema ofrece un uso sistemático del futuro con referencia al amor: pero es significativo que se trate de la segunda parte del c. 8, en el cual el futuro involucra explícitamente a Catulo y Lesbia, implícitamente a aquel que estará destinado a substituir al poeta en el corazón de Lesbia. En el v. 15 los futuros expresan con decisión los propósitos de renuncia (nec te requiret nec rogabit  [29] ); a continuación ellos se insertan en la densa serie de preguntas sobre el destino de Lesbia: pero justamente las interrogaciones, de tono cada vez más angustioso, sobre los próximos amores de Lesbia, nos dan a entender que Catulo termina por reconstruir un otro yo en la figura del propio sucesor. El futuro en amor, entonces, no es más que ilusión de sobrevivencia.

 

Notas al pie    (>> volver al texto)
  1.  El. texto que aquí se incluye es la primera parte del que fuera publicado originalmente en Lo Spazio Letterario di Roma Antica, Vol. I, Roma, Salerno Editrice, 1989, pp. 143-176, bajo el título La poesia d’amore. P. Fedeli es Profesor Ordinario de Literatura Latina en la Universidad de Bari y autor de una vasta y significativa obra filológica, crítica, ensayística.>>
  2. Seriedad’, ‘dignidad’ [n.t.]>>
  3.  Caballero’, ‘miembro de la clase de los caballeros’ [n.t.]>>
  4.  Sobre la difusión de la cultura en Roma y sobre las relaciones entre literatos y poder político remito a mi Autore, committente, pubblico in Roma, en AA.W, Oralità. Scrittura. Spettacolo, al cuidado de M. Vegetti, Torino, Boringhieri, 1983, pp. 77-106. >>
  5.  M. Bettini, Properzio dopo duemila anni (considerazioni probabilmente eretiche), en “MD”, a.XVIII 1987, pp.149-163.>>
  6. Género de comedia inspirado en los modelos de la comedia nueva griega. La ambientación griega de estas comedias romanas exigía que los actores vistieran el pallíum, vestimenta propia de los griegos. De allí el nombre de palliata. [n.t.]>>
  7.  «A condición de que te mantengas lejos de las mujeres casadas, viudas, vírgenes, jóvenes y jovencitos de condición libre, ama a quien te venga en ganas».>>
  8. ‘Piedad, pudor, castidad’ n.t.j>>
  9.  ‘Juego’ [n.t.]>>
  10.  En Orator 161 Cicerón, a propósito de la supresión de la -s final, en un tiempo característica de un estilo refinado pero entonces considerada ya un vicio subrusticum, concluye afirmando: nunc fugiunt poetae novi. Los mismos poetas serán definidos cantores Euphorionis por Cicerón en las Tusculanae disputaciones (III 45), con una clara alusión a su búsqueda del preciosismo incluso al precio de la oscuridad, y una abierta condena de su lechazo del pater Ennius. >>
  11.  ‘Camaradas’ [n.t.]>>
  12.  Propercio subraya la lascivia de Catulo (II 34, 87), así como hará Ovidio: el epíteto 1ascivus, de hecho, aparece referido a Catulo también en el catálogo ovidiano de poetas de amor (Trist. II 427).>>
  13.  ‘Buscar mujerzuelas’ [n.t.]>>
  14.  ‘Hombre serio, responsable’ [n.t.]>>
  15.  Acerca del componente erótico en la poesía catuliana me permito remitir a mi Donna e amore nella poesia di Catulo, en «Atti del Convegno Nazionale di Studi su ‘La donna nel mondo antico’ «, Torino 21-23 aprile 1986, al cuidado de R. Uglione, Torino, C.E.D.A.M. Editrice, 1987, pp. 125-156. >>
  16.  ‘Muchachas decentes’ [n.t.]>>
  17.  ‘Cultura, erudición, refinamiento’ [n.t.]>>
  18.  ‘Pacto de amor’ [n.t.]>>
  19.  ‘Te odio y te amo’ [n.t.]>>
  20.  ‘Separación, ruptura’ [n.t.]>>
  21.  Cfr. la introducción de A. Traina a Catulo. I Canti, trad. di E. Mandruzzato, Milano, Rizzoli, 1982, p. 18.>>
  22.  Preocupación’ [n.t.]>>
  23.  Delirante, insensato’ [n.t.]>>
  24.  Misellus y misella son respectivamente diminutivos de miser y misera.. [n.t.]>>
  25.  Hacer o decir locuras» [n.t.]>>
  26.  Amar perdidamente’ [n.t.]>>
  27.  Morir de amor’ [n.t.]>>
  28.  Consumirse’ [n.t.]>>
  29.  Ni te buscará ni te rogará’ [n.t.]>>