La forma humana

Javier Adúriz [1]

Epigonía

Dios, siempre ávido de confirmaciones, invitó a los interesados para zanjar definitivamente la cuestión de la más elevada de las artes. Todos concurrieron con barba, incluso las mujeres. Había allí un poeta que se confesaba como Lawrence cultor del arte por mi bien, lo cual en su caso estribaba en borronear lindezas eufónicas y sandias, presentar libro tras libro aderezados con jerez y excitarse con lo abultado de su agenda. No pudo decir mucho, porque según dijo, la poesía es inefable. El músico quien reputaba a su dominio el más destilado de los humores creativos, aseguraba haber hecho corto mano corto fierro con el pasado, no sin encarnizarse en una discusión sobre la presunta identidad de una ópera prima o prima ópera, entre los compositores de ópera por supuesto. El pintor/ora pregonó que la plástica es «entre nuestro instinto animal y la circunstancia de nuestra inteligencia, un espejo invertido…»

Tamaña cumbre quedó interrumpida por un insensible ronquido de Dios.

 

Club

                                                                                            Acaso la luz sea tiranía distinta.
                                                                                                                                            Cavafis


Un ladrido corrupto rebota por las mesas

No es la batalla de Accio
pero igual un cómitre exige
desde una especie de púlpito.

Los botines de los circunstantes
sostienen el compás
hasta que el cubilete vuele
y alguien escupa los dados.

Y a quién le importa.
Ahítos de una felicidad cruel
babean, mugen, sonríen.

Aunque la luz repique por los vidrios,
-cantamos- otro golpe de dados
y nos trague la noche.
 


Croto

Verdadero revolucionario
arrastrás basura
por la vereda de la repartición

Qué diestro sos en armar
recovecos útiles
donde abrochar tu bragueta
con un piolín.
                              Maestro sucio
que sueña
con una sonrisa en la ruina,
con el puño por almohada,
la panza hinchada y los pies
perfectamente calzados
de realidad.

Si un extraño vacilante
abre el boquete,
sólo tu ojo
mira,
                            (oh artista
de las bolsas y la lona casual),
pupila fofa entre dos hemisferios
algo muy tuyo           imparcialmente
                              j
                             u
                             z
                             g
                             a. 
 

Vamos con Pancho Villa

Traquetea en el horizonte
el carro de la fortuna.
Esto te tocó: una voz en la tierra
y la desilusión de la voz.

Ahora la balacera atiende
su descarnado interés.
Hay un único dios aquí,
la multiplicación de la furia,

Perdedor el emisario
pone su canana en bandolera
y marcha
                        vaya a saber dónde
si la caballada está en desbande.

 Y bien. Aún queda un siglo
para gastar este puro:
humo en el humo, al cabo
otra guapeza oscura.

Los bonetes del enemigo
detrás del río ya se dejan ver.
Un aullido confunde la torcaza
y cierra el culo de miedo.

 

Pandereta

Tamborcito de carne, Tacuarí,
país tensado
como el tam-tam de batepalmas
tierra sin música, bárbaro
                                     chin-chin
compañero desierto de la vida

Pandemierda, cultura, madre
patria desesperada de un sentido

tam-tam… dónde… chin-chin…
                                           adónde…

 

Metrópolis

Sin conciencia de clase
ajusto roscas, apuro manivelas
mientras con el taco atiendo
                                      el fuelle
de contraoxidación.

No hay antes ni después.
Cursa de gris en gris
la ironía del tiempo,
                                       máquina
de boca muda.
Aún cuando ahora,
espejo de una torva muchedumbre,
algo me augure
el pitido del alba, silbato
en las profundidades,
inminente desbole
                                      de la inundación.
 
 

Kunst macht frei

Los botines de los guardias
crujieron siempre por tu corazón.
Sí, no todo fue bajar de los trenes
con tu maleta de loco.

Ahora que atravesamos puertas
es un poco insaciable
la luz que hiere. ¡Cuánta esperanza
se llevó el amanecer…!

Qué me importan los fríos,
las injurias serviles,
el vejamen, si mañana
será otro día, igual que hoy.

Ya no queda mañana:
vómito de la fantasía
cada pulsión compone
otro latido deforme.

Sobre este hilo fino
construyo vida. Vida
aunque ladren los perros
y camine desnudo. 
 

Notas al pie    (>> volver al texto)
  1. Javier Adúriz, Buenos Aires, 1948. Ha publicado: Palabra sola (1971), En sombra de elegía (1979), Solos de conciencia (1985) y Egloga brusca (1993). Los poemas que aquí se publican pertenecen a un libro de próxima publicación titulado La forma humana. >>