Editorial

Ricardo H. Herrera / Luis O. Tedesco


Ya va quedando atrás la época en que algunos se ilusionaron con adueñarse de la poesía, con utilizar en un sentido prescrito su persuasivo poder de conmoción. Los tiempos en que los poetas se disponían como una fuerza de ataque -a la vanguardia de una tendencia ideológica dominante, de un proyecto estético intransigente- han caducado. El fin de esa forma de dogmatismo, sin embargo, no ha engendrado per se el diálogo provechoso. En gran medida, poesía y crítica no constituyen aún géneros literarios socializados. Se diría, incluso, que casi han desaparecido como tales. El panegírico y la difamación, la pedantería y el facilismo, siguen muchas veces ocupando el lugar que les corresponden al uso artístico del lenguaje y al pensamiento. De ahí que llegue a ocurrir (nos ha sucedido ya al preparar este número inicial) que la fundada discrepancia sea tomada como una injuria, y no como una apertura al debate. Ciertamente, no será con un llamado al sentido común que se modificará de la noche a la mañana semejante estado de cosas: la distancia que va de la antipoesía a la poesía es demasiado grande como para pretender salvarla con un mero acuerdo formal. El futuro es incierto y complejo, de eso no cabe duda. No sólo la poesía entendida como arte de la palabra ha sido falseada por el experimentalismo gratuito, sino que también la sensibilidad poética está siendo malversada al ubicarse a la zaga de la insignificancia, del vértigo publicitario de la época. A pesar de ello, creemos que un primer paso para superar la heterogeneidad disolvente de la poesía argentina de hoy (que sólo un optimismo irresponsable o interesado puede confundir con variedad y exuberancia) es el de convocar a todas las tendencias en pugna a una confrontación de ideas que ponga a prueba la validez de los distintos ángulos de visión que actualmente tornan tan confusa la identidad del fenómeno poético. Ampliar el horizonte, y enriquecer la discusión con el aporte de voces que posean una gravitación que exceda el marco de lo doméstico, nos parece imprescindible. No sugerimos que la crítica debe ceder su congénita tendencia al antagonismo con vistas a llegar a una solución de compromiso; pensamos, más bien, que dicho impulso debe recuperar su virtud de estímulo. Para que ello ocurra es preciso que la oposición que engendra la diferencia cobre el carácter de una necesidad, de un componente indispensable del crecimiento. Cuando un argumento nos confunde hasta el punto de renovarnos, cuando la controversia no nos paraliza sino que nos inspira; entonces no caben ni la displicencia ni el encono ante quien nos contradice, sino la atención. Nuestro lejano y claro objetivo es alcanzar el punto donde el disentimiento enriquece. De ahí que no nos atraiga enfatizar una determinada línea estética. Hablar de poesía quiere ser un lugar hospitalario, de encuentro, de diálogo, donde nadie se vea excluido por representar una realidad con la que supuestamente no vale la pena comunicarse.