Castillo entre los gentiles
Daniel Ponce
(Horacio Castillo: Antología Poética – Fondo Nacional de las Artes)
Una antología que reúne casi treinta años de producción poética puede predisponer al lector a encontrarse con reiteraciones, con líneas que van construyendo una trama que, por recursadas, dejen al descubierto el dispositivo del autor, y cuyos pliegues vayan atenuando la sorpresa y difieran el asombro. Lo contrario ocurrirá si el autor propende a la indagación y, por consiguiente, si escapa de los recursos tácticos: rehuye de sobornar y continúa corriéndose del centro que excavó en los primeros tanteos, dándose al riesgo de encontrarse en lo diferente. Además, las antologías revelan, casi siempre, un tono, una preocupación incesante, aciertos, desaciertos, discontinuidades y obviedades. Se trata de un formato capcioso: permite la supresión y, por ende, un montaje más adecuado a los fines aunque, por otro lado, puede poner en primer plano la hojarasca, los poemas dobles, la monotonía. Cabe otra opción: la de aquellos poetas que requieren ser leídos en la continuidad de muchos poemas, para los cuales una antología configurará un mapa estético, cuyos fragmentos, en una operación de rearmado, demandará un programa de lectura y ciertos indicios para urdir relaciones. Dicho esto, la Antología de Castillo se articula en una doble estrategia: la búsqueda temática, con la que anula así el soborno de lo previsible y, además, la invitación a que el lector se inmiscuya en un decurso, en una suerte de archipiélago cuyos puentes más firmes son la enunciación del devenir y la reflexión existencial. Núcleos acosados por voces disímiles y congruentes.
El primer nudo de la poesía de Castillo parece desatarse con una dosis de competencia cultural. La trama del poema «habla», a medida que se pueden esclarecer las referencias, reubicándolas en un nuevo juego que, ajeno a la presunción libresca, aspira a demostrar lo estructural: aquello que está en todos y que en todos incide, ya sea porque somos Anquises, Hölderlin, San Agustín o alguien, cuyo anonimato sólo puede ser contenido en una estadística. La coartada de Castillo es, a la manera de los Epitafios Griegos o de la Antología Palatina, un artificio que conduce a la advertencia, a la reflexión moral y, por fuerza, a la empatía y al autoexamen. Expresa, también, una valoración ética: aquella que denota la disolución, luego del estrago del devenir, de todas las pasiones. Un cacique que hace llover o San Pablo o un navegante perdido o Eurídice se encontrarán en el olvido, allí donde confluyen los deseos, las conjuras, la piedad, la locura y la contemplación. En algún sentido: «libro de libros», la Antología de Castillo, a la luz de «largos anaqueles», como describía Borges la lectura de ciertas obras eruditas, se revela dominado por la angustia del tiempo, afín a la poesía metafísica isabelina, y cercano a la polifonía de Edgar Lee Masters. Entonces, el presente que reivindican los poemas de personajes, es el pasado de todos y, además, el futuro. Recuerda el Heráclito Cristiano de la lírica quevediana. Por otro lado, delegar la voz a un tercero referencial no sólo acicatea la memoria literaria del receptor sino que, de manera decisiva, lo enfrenta a una percepción desesperada: sólo el común olvido como merecimiento y como consumación. El ser, transido de muerte, y el eterno retorno, enunciados por voces inventadas que, a su vez, refieren a la diversidad y a lo heterogéneo. Podría, por último, remitirse este recurso, y el autor no estaría incómodo ante la alusión, al abigarrado muestrario histórico de Kavafis, aunque en el caso de Castillo hay una necesidad no sólo de anudar una tradición sino de revisarla. No es el pasado que se actualiza por la evocación, la elegía o la voz de los muertos para hablamos de una identidad cultural y de una línea de ceniza que va creando el dibujo del presente, sino un concepto del hombre y de su sustancia, el tiempo, como si los fenómenos fuesen sombras proyectadas por un único objeto imperfecto.
Otra evidencia, quizá la apuesta más fuerte de la Antología y la que traza los bordes del mapa al delimitar una estética, es la atinente a la lógica de los poemas: la supeditación del lenguaje a la formulación moral. En este punto, el distanciamiento de Castillo respecto de sus contemporáneos es notorio. Para Borges la obligación de un autor se jugaba en la capacidad de idear una fábula, pero quedaba vedada la posibilidad de enunciar el corolario, la moraleja de su tabulación. Si bien Castillo no predica, pues su intención es lírica, -por lo tanto, intenta acceder al arquetipo tentando con el lenguaje-, tampoco abandona la necesidad de discurrir opinando: «He puesto en la balanza un hombre puro y uno impuro,/ pesaba más el impuro» (Balanza); «Expulsados de la ciudad bajo el cargo de fabuladores,/vamos de un lado a otro, durmiendo ya en cuevas,/ ya a la intemperie, y alimentándonos de hierbas y raíces/ o con la miel de algún panal hallado fortuitamente» (La ciudad del sol); «Pero al atardecer, cuando bajamos a la orilla del río/ y el tuerto coronado de oro repite su relato,/ descubrimos a través de su boca grandes señales en el cielo,/ sangre de su ojo que sueña por la tribu» (Tuerto rey). Y es esta necesidad de dar al poema una dirección moral la que hace que algunos trabajos, en especial Diario bizantino y Sphairon, adopten un tono que los acerca a los Salmos o a las Epístolas: «Ves: el río de los muertos lleno de mariposas./ Ves: la vida liberada de la cárcel de la necesidad» (Sphairon); «Ahora yace en el no, con el sudario manchado de sangre debajo de la cintura» (Diario Bizantino). Se trata de poemas estructurados a partir de sentencias, fragmentos o frases, cuyo oscuro sentido trae ecos tanto de la poesía dramática griega como del Eclesiastés. Digamos, entonces, que hay una recurrencia en Castillo a establecer su propio discurso a partir de elementos de la tradición judeocristiana y articularlos con razonamientos fragmentarios, como si la forma utilizada por los presocráticos quedase empapada de trascendencia.
En la mayoría de los poemas de la Antología se pueden relevar gérmenes de relatos, incluso algunos pueden ser tomados como la secuencia de una narración (Expedición al Everest, Alaska. El lavadero, etc.), con lo cual Castillo vuelve, una vez más, a integrarse a una vasta tradición. A diferencia de Pavese, cuya épica de lo cotidiano pormenorizaba los vínculos dificultosos de sus contemporáneos y daba su propia versión político-ética de la realidad. Castillo «narra» desde otro presente. La noción de verosimilitud está condicionada por la noción de repetición atemporal; con Borges, Castillo podría decir que lo que le ocurre a un hombre les ocurre a todos los hombres. Hacia el final del libro, el poema La toma de Constantinopla, contenido en la sección «Música de la víctima», conforma un ejemplo exasperado del concepto del tiempo que recorre toda la Antología. Este poema, leído en el contexto de las actuales guerras imperiales, adquiere una dimensión premonitoria: «Déjame olvidarme del hoy hasta mañana/ ¿o es ya mañana y hoy el fin de todo?/ Sálvate solo, ya que yo no te he podido salvar./ Habíamos comenzado a escapar, las llamas/ bloqueaban rápidamente todos los caminos/ y volvíamos una y otra vez la cabeza/ para ver cómo nacía una nueva civilización». El poema comienza en un escenario pretérito: «Las naves, colocadas sobre rodillos y tiradas/ por bueyes, descendían por las laderas/ con las velas desplegadas y cada remero/ en su puesto. Así/ con esa visión -porque/ creímos que era una visión- comenzó nuestro fin». Luego las alusiones varían la ubicación temporal: «Es el fin, my only friend, el fin -contesté./ De los planes que elaboramos, el fin; de todo/ lo que perdura, el fin; sin sorpresa, el fin./ Toma, pues, la autopista del desierto, cruza conmigo el lado salvaje del dolor./ Starfucker, starfucker, este es el fin». El anacronismo (la mezcla de distintos presentes, ahora en un mismo poema) que va desde la descripción de «naves/colocadas sobre rodillos» hasta la referencia a la canción «The End» de The Doors («This is the end, my only friend,/ the end» que, de manera inevitable, retrotrae al film Apocalypse Now), más el vocativo a ese tal «Starfucker», interlocutor en los tiempos del odio, construyen el poema como una síntesis de los poemas anteriores, pues no sólo subsiste la idea del tiempo circular, como estructura dominante, y el tono de advertencia, que adopta aquí ribetes contestatarios, sino que emite una queja final frente al desamparo y la violencia: «No quiero morir en el lecho de una euménide -grité./ Espérame en la tierra del sueño más azul./ Pero ya había crecido la maleza en la Historia y en sus ojos». El relato de un tiempo remoto que es, por fuerza, el tiempo presente, luego la furia guiando empresas desaforadas y, por último, la consumación: el olvido dándose en ese río que es la Historia, hecha de acciones reiteradas, como un Moloch que todo lo devora. Por lo tanto, la tradición del poema narrativo, que hunde sus raíces en la épica heroica aparece, en Castillo, imbuida de metafísica, más cercano en sus concepciones a Lowell que a Pavese y a Kavafis, apegado a la resignación del Poema Conjetural, en el cual Laprida anuncia que va a caer «tumbado por la muerte/ donde un oscuro río pierde el nombre». Narración épica, entonces, derivada de un concepto del transcurrir, fracaso y melancolía por la vanidad de las obras humanas, y tabla rasa ante el tribunal del olvido.
Por último, la Antología de Castillo (presentada aquí como «Castillo entre los gentiles», por adaptación del título de uno de sus poemas: Pablo entre los gentiles) merece una valoración en el contexto, dada su originalidad y su apartamiento del canon o, mejor nombrado, de la sincronía, establecida por afinidades, publicaciones o cátedras, una sincronía que tiene a la parodia, la intertextualidad y la fragmentación por todo un programa de escritura, estatuto del cual parece imposible apartarse. Castillo echa por tierra este arbitrario afán de homogeneidad. La poesía pura y el coloquialismo, como antípodas concurrentes de un tiempo que se pretende iconoclasta aunque recaiga en lo dogmático, tienen al autor, obvio es decirlo, sin cuidado. Prefiere trabajar con materiales abusados de intérpretes, con textos fundacionales (Los Evangelios, los Diálogos platónicos, la historia literaria, etc.) antes que apelar a una novedad tan arcaica como la noción de vanguardia, que aún no consigue salir de las trincheras de la Primera Guerra Mundial. El atajo de Castillo es otro: escribir un rioplatense llano que aspire a la universalidad; amparado por la mirada de los clásicos. No hay en el autor necesidad de sorprender ni de avasallar al lector y, aun cuando el poema se enmascare tomándose oscuro, subsiste una fuerza comunicativa que preserva el mensaje. Por tanto, la poesía de Castillo asume, o reconstituye, viejas conquistas (la paradoja, la elegía dicha en la voz del evocado, la aspiración a codificar sobre discursos previos, por ejemplo) que parecían perdidas u olvidadas en virtud del hibridismo y el nonsense. Razón y verdad (aunque sea la verdad del que duda o la inasible verdad kantiana, que guiaba como una estrella a los navegantes y de la cual sólo se constataba un reflejo y una lejanía) son el cruce de caminos desde donde arranca la mayoría de los poemas. Y ese desapego por lo correcto coyuntural, haría de Castillo un heterodoxo, una rareza purificadera y destructora de la retórica que aún confía en el sofisma de la novedad. Que, además, un poeta prefiera la reflexión, en tiempos disparatados, es toda una política del uso poético, y una opinión acerca de la preservación del individualismo ante la vulgaridad. Se puede decir que, para Castillo, en el principio fue el concepto. El verbo, o la posibilidad de metaforizar, como una forma de «quedar vacío» para trascender la materia, pagará el tributo de ese esfuerzo convertido en un haz de luz, luego de intentar reconstruir el concepto. Dice Gabriel Ferrater (citado por José A. Goytisolo): «Cuando escribo un poema, lo único que me preocupa y cuesta es definir claramente mi actitud moral, o sea la distancia entre el sentimiento que el poema expone y lo que se podría llamar el centro de mi imaginación». Castillo dice en Bosque en llamas: «Aquí edificamos, en el fuego. Y el alma,/ como un pavo real, abre su cola en el incendio»: preceptiva bíblica, crítica, y expiación, tres órdenes que se cruzan para hablar del desorden y de la fugacidad.
Daniel Ponce