Editorial

Ricardo H. Herrera / Luis O. Tedesco

¿Qué está convirtiendo a cierta poesía en un fenómeno subcultural? Al formular el interrogante dejamos de lado el irreflexivo aporte que en ese sentido pueden realizar los diletantes, los improvisados: nuestra inquietud apunta hacia los que, sin dejar de considerar a la literatura como un oficio prestigioso y rentable, cultivan conscientemente la degradación cultural. ¿Por qué ese progresivo descenso hacia la nada es vivido por quienes lo instrumentan con inequívocas muestras de inmodestia, inclusive con presunción? No es fácil responder.

En un reportaje publicado en el número anterior de Hablar de Poesía, Diana Bellessi se refería a esta realidad de nuestra vida literaria como a «un exceso de parodia y bufonería urbana que parece ocupar toda la escena, y tachar, por improcedente y conservador, los rasgos líricos a la usanza campesina que me son tan afines». Un fenómeno porteño, pues, con aires de cosmopolitismo, pero que en verdad ha hecho suyos los tics del provincialismo más estrecho; un proceso desintegrador alimentado por ideólogos en bancarrota que, a falta de un blanco más conveniente a sus fines, conspiran contra la imaginación.

No creemos descubrir nada nuevo si afirmamos que uno de los paradigmas de esta estirpe con demasiados sucesores es Witold Gombrowicz. Sin embargo, al aproximar risueñamente hacia el presente a este escritor, se prescinde de sus profundas contradicciones, de todo aquello que congela la sonrisa y torna desgarrador su pasado desamparo en nuestro país.

Están distantes los tiempos en que el ácido gombrowicziano podía contribuir a corregir el sabor excesivamente perfumado de poéticas crédulas sin aristas críticas. Quedó atrás la época en que, en interminables noches de café, Mastronardi repensaba su estética de corte valeryano a la luz detractara de las mordaces observaciones del exiliado polaco. Hoy, al ocupar casi la totalidad de la escena literaria, la burla ha perdido su eficacia, incluso su comicidad.

A propósito del autor de Ferdydurke, y teniendo a la vista a los cultores locales de la parodia, vale la pena recordar unas desprejuiciadas líneas que escribió Pasolini a fines del 72; «un hombre equivocado, no tan sólo poco culto, sino también poco inteligente: una especie de desmañado bufón sin corte que cree que la verdad es algo difícil de comprender, y, sobre todo, que es obligatorio decirla, que cree que la inoportunidad puede ser programada, que el descontento es un ingrediente del genio, que reír sarcásticamente constituye un signo de superioridad.»