Editorial

Ricardo H. Herrera / Luis O. Tedesco


Por contraposición al fracaso -siempre enigmático en su inescrutable profundidad sin fondo- el éxito se sustrae a la meditación de carácter religioso que suscita aquella tétrica imagen de lo incomprensible. Hijo legítimo de la época, el éxito tiene todas las características de una tentación mefistofélica, ya que promete lo que de hecho no puede dar. Por ello mismo, ahora que hasta los poetas persiguen con sostenido empeño el malentendido del éxito, acaso no sea superfluo recordar cuánto ha hecho por la buena poesía esa oscura divinidad que es el fracaso. Por un lado, al crear en forma espontánea condiciones óptimas para la labor intelectual, eliminando de un plumazo todas las preguntas de cuño ideológico que seducen a la época, encauza la atención hacia lo que de veras importa: la búsqueda de una forma que, incluyendo el desafío del tiempo, lo resista encarnizadamente. Por otro lado, instala al signo dentro de un espacio en el que la voluntad de palabra suele rozar la afasia, pero donde el significado multiplica hasta el infinito sus exigencias, sin perder nunca su intrepidez. Como la muerte, el fracaso reclama una reconciliación de extrema complejidad: es, en consecuencia, enemigo jurado del vaniloquio. Lógicamente, hay varios tipos de fracaso; aquí nos referimos a ese que se ubica al margen de las expectativas sociales: vale decir, aludimos al fracaso entendido como fantasma de la expresión. No cabe duda de que su compañía es bastante peligrosa. Maestro de la inseguridad, el fracaso conspira en forma activa contra la identidad de quien escribe: obliga a comenzar de cero cada vez. Sin embargo, de una manera paradójica (casi negativa), eleva la cota que debe sortear la esperanza cuando la falta de fe domina. Así, contradictoriamente, se transforma en el mejor aliado de la promesa que el espíritu le ha hecho a la literatura.