Edgar Bayley o la urgencia de la felicidad
Beatriz Vignoli
(Edgar Bayley: Obras – Grupo editorial Grijalbo Mondadori / Colección Clásicos Mondadori)
«No voy a aducir, para descargar responsabilidades, que he procurado adoptar un punto de vista poético, tanto para vivir como para manejar las palabras, y que de ese intento o propósito se deriva el modo como he vivido y escrito. Me parece más adecuado destacar otra circunstancia: en el momento en que se escribe poesía -coincida o no ese momento con el de la experiencia poética- uno está solo».
Así prologaba Edgar Bayley (1919 -1990) su Antología personal, que el Centro Editor de América Latina publicó en 1983. Desde aquel pequeño libro, poco o nada se ha podido leer de nuevo de este poeta, ensayista, crítico, cuentista, dramaturgo y -last but not least- bibliotecario argentino, amigo de Francisco Madariaga y de Enrique Molina, hermano del pintor Tomás Maldonado, y nacido y muerto en Buenos Aires.
En noviembre de 1999, Grijalbo Mondadori publicó esta bienvenida (y gruesa) edición «con todos los chiches» de las Obras de Edgar Bayley. Además de bello y bien encuadernado, este libro está impecablemente editado y corregido, e incluye abundante información auxiliar, ordenada con sensato criterio y con un buen gusto rayano en la exquisitez. Por ejemplo, el índice alfabético de primeros versos de los poemas constituye un poema en sí mismo: «Con los ojos muy abiertos/ con mi nombre vengo con el verano hundido/ con raíces y todo/ con su pascua su aquí/ costa secreta…».
En su prefacio emocionado a la edición de 1999, declara Francisco Madariaga: «Esos tiempos de intemperie a los que se refería Bayley son los mismos que vivimos ahora». En el subsiguiente prólogo de nueve páginas, que constituye un ejemplo de cómo retratar lo más humano de un colega sin que sus defectos sean motivo de injuria, Rodolfo Alonso insiste en la admiración de Bayley por Guillaume Apollinaire (quien, según Bayley, «quería que la vida y el lenguaje fuesen uno»), y concluye acerca de su propio contemporáneo: «Quizás, en los tiempos difíciles y áridos para la poesía que nos toca vivir, esta vida y esta obra se vuelvan cada vez más necesarias para mantener abiertas, fecundantes y fecundas, las esclusas del lenguaje, las dínamos del día».
En su primer libro. En común, escrito bajo el gobierno peronista, al final de la segunda guerra mundial, Bayley -cuya elección del apellido materno, británico, en vez del Maldonado del padre, representa toda una bandera pro-aliada en el contexto de aquella época- es el poeta de la reconstrucción del lazo fraterno luego de la caída de toda posible comunidad. También después, toda su obra estará minada de los rastros de un evidente desgarro existencial: cómo vivir y escribir a fondo la paradoja de una esperanza desesperada. Y el buen humor de Bayley a la vez que lucha por mitigar el sentimiento de la catástrofe, lo agudiza. La ternura de sus personajes ante la destrucción es una forma dramática de la ironía. Decir esto de quien escribió poemas de amor especialmente gloriosos, no habla precisamente bien de su siglo.
En su Antología personal, Bayley no incluyó nada de su opera prima. Típico gesto pudoroso de poeta que, en su caso, estaría tal vez reforzado por el hecho de haber escrito parte de este libro estando todavía «cerca» del Partido Comunista, del que se «alejaría», en 1945, junto con otros artistas e intelectuales. La causa explícita del divorcio consta en la cronología incluida en esta edición. La estética oficial del realismo soviético estalinista no dejaba margen alguno a la libertad creativa, libertad de la que Bayley fue uno de los más elocuentes defensores por entonces. Cabe agregar que su tarea en este sentido puede parangonarse a la que realizaron en Europa los integrantes del grupo Cobra, muchos de quienes abandonaron el PC por la misma época y por similares razones. Habría que preguntarse si el final de la guerra no obró como causa implícita: las posturas antifascistas, la del PC entre ellas, podían distenderse una vez terminado el conflicto bélico,
Es interesante observar el desarrollo que algunas ideas teóricas van teniendo en los distintos períodos de la ensayística de Bayley. Desde su manifiesto «Arturo» (1944) hasta su ensayo de 1958, «La poesía como realidad y comunicación», Bayley defiende a ultranza la autonomía de la obra de arte, autonomía que relativizará a partir de 1966. Los valores éticos y estéticos que Bayley defendió en sus ensayos y practicó en su poesía, le otorgan a su obra una translucidez muy particular. Dada la notoria influencia de la crítica formalista rusa y otros debates del siglo en los ensayos que integran Realidad interna y función de la poesía (Editorial Biblioteca Popular Constancio C. Vigil, 1966), podría pensarse que esta capacidad de dejar sus huellas digitales en cuanto texto construye/ lejos de ser mera inocencia, responde a un programa: a un proyecto de autorrepresentación, signado por una voluntad de inocencia.
Esta relectura es hoy posible gracias a que la presente edición, basada en un prolijo trabajo de investigación, reproduce sus manifiestos y sus ensayos, junto con otros artículos sobre artes plásticas, teatro y poesía, algunos de estos últimos publicados en la revista Poesía Buenos Aires, dirigida por Raúl Gustavo Aguirre. También figuran, en orden cronológico, poemas y ensayos inéditos, algunos de los cuales fueron hallados entre los papeles del autor. Los editores agradecen la colaboración de su viuda, Matilde Schmidberg.
Donde mejor se expresa la vena surrealista de Bayley es en cierto subgénero oculto, que crea vasos comunicantes en estas Obras: por entre los poemas y los cuentos (a partir de 1960, muy especialmente) se va enhebrando una especie de diario de sueños, rico en motivos freudianos: trenes, tarjetas de visita…
En esta edición de sus Obras se incluyen tres piezas teatrales inéditas. Para atemperar un poco la extrañeza que estos textos podrían provocar en el lector de hoy, recuerde el alma dormida el gran desarrollo que tuvo el teatro vocacional en la Argentina por los años cincuenta y sesenta, con su consiguiente demanda de obras que representar. Con las cuestiones políticas en el orden del día, y dada la relevancia de la colectividad española en los cafés y teatros de la Avenida de Mayo, no es de extrañar que estas piezas tomaran frecuentemente como modelo a Fuenteovejuma. No sería raro que la Burla de primavera escrita por Bayley en un castellano casi bizarro a fuerza de anacrónico, fuese una parodia de La soldadera de Luis Seoane (Ariadna, 1957).
Por supuesto que no está todo. Falta la carta que le publicaron en el número 8 de la revista Diario de Poesía (otoño de 1988), donde Bayley aclara respecto de su entrevista por Daniel Freidemberg -hoy a cargo de la revisión y de un estudio preliminar de la edición de 1999-: «…dije, o debí decir, que son muchos los poetas contemporáneos míos que admiro y respeto…». Sí está dicha entrevista, como también notas y reseñas que justifican la citada afirmación.
Y también está, íntegro, En común, libro donde se destaca un bello poema veraniego, escrito en una especie de puesto fronterizo del idioma, titulado «Andanza para habitar»: «ando por las calles desconociendo el mar excepcional/ me paro a conversar con la larga mano de la llanura// y sé de mí y del hondo kilómetro habitado// ando como se sabe sin importarme el norte/ camino callado y volando a veces sin cotizaciones/ tropiezo con miradas y me enredo en los números// quisiera quedarme/ quedarme/ eso es/ como un turista abandonado/ hacia adentro de la media infancia/ en los minutos/ quedarme para mantener las órdenes/ paso a paso// me paro al sol/ aprovechando las vueltas de mi espera/ y torno a andar vivaqueando en el polvo// para beber/ escucha/ para vivir también es necesario/ un rumor de cometas».
Lectores consuetudinarios de Bayley advertirán, con justicia, que el citado no es uno de sus mejores poemas. Pero en él está en germen ese núcleo solar característico, esa urgencia de felicidad que tan a fondo marcó el arte y la literatura del tercer cuarto del siglo veinte.
Más allá de su admirable compromiso consciente, la señalada transparencia hace que en Bayley se exprese lo inconsciente de la época como en ningún otro poeta argentino contemporáneo suyo. ¿No es acaso su Doctor Pi un James Bond patafísico? ¿No está acaso el nonsense, en cuyas convenciones de género se inscribe la «serie» del doctor Pi, mucho más cerca del de John Lennon que del de Alfred Jarry o del de Lewis Carroll? Compárese este pasaje de «Selección de personal»: «¿Cree usted en la virginidad del rey Salomón?- Resulta evidente en virtud de la segunda ley de la termodinámica…» con cualquier letra del período «psicodélico» de los Beatles, y se observará una similitud de procedimientos en la interrupción del sentido racional del discurso, quiebre que, además de su obvio linaje -de madre surrealista, abuelo constructivista y padre Dadá-, es programático en el caso de Bayley. En su obra, el humor y la lírica funcionan con mecanismos afines. En Celebraciones, su quinto poemario publicado, un calculado golpe de swing o disonancia estructuralista hacen a veces saltar el continuo de la serie, otorgando al inventario nerudiano o cotidianista una súbita incandescencia: «para saber de mí me he puesto el traje aquel/ el peine la visera y he recorrido en pocos ademanes/ la calleja y la gloria y toda lámpara/ oh mi dios mi dios cuánta ternura en un carbón/ en la pared rugosa en mi casa en mi papiro/ estas vísperas digo estas vísperas de cambio/ y sueño y lluvia y confusa sacudida/ a punto llegan a mi trapo ardido/ a punto para llenar de helechos la ventana…» (Noticias»).
En su libro anterior. El día (1960), Bayley había empezado a trabajar con una técnica de montaje análoga a la del fotomontaje, signo quizá de su extrañeza ante el lenguaje de las buenas maneras y el discurso oficial: «…oh si hubiera ocurrido antes/ entre peces entre flores esas/ informaciones las recibirá usted a su debido tiempo…» («Por esta noche»). ¿Haber sido funcionario del gobierno de Arturo Frondizi en 1958 le produjo este efecto, o es más prudente atribuirlo a la influencia de sus investigaciones fecundas en el campo de la teoría estética de las vanguardias?
En 1956, por ediciones Galatea Nueva Visión, salió la primera edición de una traducción que Bayley hizo de la versión francesa de «Sobre lo espiritual en el arte», el opúsculo que Wassily Kandinsky publicara en Munich en 1911, en alemán. Si bien esa traducción tuvo reediciones, Obras no consigna información alguna sobre dicho trabajo. Este detalle no desmerece el excelente trabajo de edición que Julia Saitzmann dedicó a las Obras, de donde la exclusión de la versión de segunda mano de Kandinsky podría obedecer a razones idiomáticas o profesionales. Menciono esta versión porque su hallazgo (el de su tercera edición, concretamente) confirmó mi sospecha de que el concepto de «forzosidad» que Bayley recapitula en su ensayo «Breve historia de algunas ideas sobre poesía» procedía del de «necesidad interna» de Kandinsky. Dice Bayley en otro ensayo, «El arte, fundamento de la libertad»: «No es que el creador se haya propuesto relatar, a través de la obra, sus experiencias, sino que éstas, integrando una especie de dirección o propósito, lo han desencadenado en el curso del proceso». El párrafo citado formula elocuentemente el ideal de entrega a la otredad en el proceso creativo, tan caro a los expresionistas abstractos, cuyo pionero -antes aún que los surrealistas- fue Kandinsky. Para no hablar de los debates donde éste abrevó, allá por los tiempos en que la -distinción entre el azar y la necesidad definía un clivaje de posiciones ante las exigencias históricas de la hora.
Como buen contemporáneo de Alejandra Pizarnik, Bayley no pudo sustraerse a la influencia del autodenominado Conde de Láutreamont, a quien le dedica un poema, y cuyo embrujo se nota en la magnífica prosa poética de un texto del libro Ni razón ni palabra (1955 – 1960). “Todo el viento del mundo», que, como se verá, podría haber sido escrito en Argentina anteayer, fue reimpreso en 1972, con ilustraciones de Libero Badii, y dice: «Nadie se consuela, nadie se compadece en las arenas del desprecio. Los días no colman ninguna ternura. Con los ojos abiertos, con la memoria vacía, asistimos a la fiesta de la destrucción. Ni ellos ni yo. No será para nadie la patria verdadera. No serán para nadie las linternas y la confianza. Reino de la traición, sin dudas ni dioses. Juegos del odio, milagro de la crueldad».
Con lo dicho baste para fundamentar la vigencia de los esclarecedores ensayos, poemas et alia de Edgar Bayley. Así como un barco rescatado del fondo del océano arrastra a la superficie todo un mundo olvidado de seres submarinos, estos textos reeditados -y su contexto- no sólo traen a la luz a la constelación de sus contemporáneos, sino que resignifican la situación actual de la poesía con un rico bagaje de memoria e identidad. Ojalá que esta edición de las obras de Edgar Bayley sirva para comprender cuánto de lo que deploramos de la poesía de esta época es el producto indirecto de quienes, deplorando la poesía de antaño, quisieron y pudieron escribir una nueva y mejor.
Beatriz Vignoli