Diálogo con Joaquín Giannuzzi

Ivonne Bordelois

 

“No agregue. No distorsione. / No cambie / La música de lugar. / Poesía / Es lo que está viendo” (Poética). Ésta es tu poética, y difícilmente se podría ser más escueto, perentorio y convincente. Tu visión, sin embargo, muchas veces parece escaparse de los confines de lo que podría llamarse “hiperrealismo poético”, como el que vemos ahora en poetas jóvenes que narran naturalezas muertas o succiones de sopa de una aterradora elementalidad. ¿Qué es lo que ve un poeta como vos, Joaquín, que es lo que puede y tiene que ver un poeta, en rigor de verdad, y en qué sentido se diferencian en su modo de ver las generaciones que hoy coexisten en nuestro mundo poético?

El poeta es alguien que ve algo que apunta a otra cosa; no se detiene en la apariencia. En cuanto a las alternativas generacionales, creo que actualmente presenciamos, más que tendencias o corrientes claramente delineadas, un copioso registro de formas, gran variedad de poéticas. Hay acaso menos protagonismo en las figuras jóvenes, pero sí encontramos intensidad en su dedicarse a la poesía, un estar en la poesía.

En su lenguaje veo desenfado desacralizador, descarnada violencia, irreverencia, fraseo desarticulado, crisis de expresión, beligerancia. En realidad, están encarnando el drama de la disgregación de la época. No hay actitud parricida; antes que lidiar con padres escritores prepotentes, los jóvenes tienen que litigar con un sistema que los niega. Yo he sido afortunado, en el sentido de que encontré los medios adecuados para hacer circular mi poesía y justamente uno de los aspectos más positivos de los premios que he recibido es que han permitido que se acercaran a mi poesía. Pero la producción poética de nuestros días avanza de un modo aluvional, mientras disminuyen los circuitos editoriales interesados en la poesía. Por eso son importantes los recitales, que funcionan como presentación y circulación oral.

 

Hubo un momento temprano de tu vida en que frecuentabas la poesía mística; y también se te cita diciendo que la poesía “es una fiesta de sentido” y una forma de “conocimiento en el sentido de plenitud y armonía con el universo, una inmersión en lo absoluto”. ¿Hasta qué punto estas expresiones pertenecen al pasado o bien se encuentran, atemperadas, en tu poética actual, a pesar de tu conciencia de estar viviendo en un mundo que perdió la gracia?

¿Mística? ¿Inmersión en lo absoluto? Es demasiado en lo que a mí respecta. En realidad experimento el sentimiento dramático de la poesía en el sentido de que me abre una rendija, una expectativa posible de instalar una fe en lo desconocido. Por eso siento que la poesía no concluye en ella misma, es decir, limitada al ámbito estético, sino que se proyecta a la región de lo secreto librando la batalla de tener razón contra la muerte y el sinsentido.

 

“Poeta de oscuro oído que no percibe el rumor /de un sistema coherente de realidad” Así te has definido en “Nicolás entra en escena”, uno de tus poemas más instructivos y destructivos, en el que celebras -es un decir- la llegada de tu nieto al mundo. Sin embargo, pienso -o más bien, siento- que hay otro rumor coherente del que tu poesía es testimonio. Uno sabe de entrada, leyéndote, que has dicho No a las retóricas musicales de este mundo. Pero, fuera de estas retóricas, también has hablado, en Funeral, de ese “don alucinante -que tiene la poesía- para otorgar coherencia/ a los íntimos huesos esenciales/ de este orden extraño” ¿La poesía sería, entonces, tu única forma de coherencia?

Diría más bien una búsqueda de coherencia, o quizá la de mitos perdidos. Pero es cierto que un poema logrado crea un sentimiento de coherencia. Pero eso no impide que mi reacción frente al mundo sea una sensación invencible de perplejidad. La transparencia es mi obsesión: adivinar un orden en el caos. Ésta es otra de las razones que se suma a su atributo de ser esa finalidad superior que señalé en la respuesta anterior.

 

¿Cuándo y cómo supiste que la poesía era tu propósito o tu destino?

Acaso convendría mejor hablar de escritura que de poesía. Recuerdo a aquel maestro de primaria pidiéndonos que narráramos con nuestras propias palabras un capítulo del Facundo. Al hacerlo descubrí el placer de escribir; lo que me impacto en Sarmiento fue la fuerza poética de su prosa colosal. Pero también hubo la atracción por la pintura, que practiqué hasta el momento en que comprendí que por respeto a la misma debía abandonarla. Y después mi inclinación por un ideal de perfección que veía en las ciencias matemáticas y acaso algo de esa fascinación por la exactitud es la que persigo en la composición de mis poemas, aunque resulte petulante la pretensión.

También ejercí el periodismo; las reseñas que escribía para Clarín y para Sur eran una forma lateral de contacto con la literatura. En seguida, ya inmerso en el ejercicio de la poesía, entré en contacto con poetas como Wilcock, o César Fernández Moreno y otros integrantes de la llamada generación del cuarenta, que eran algo mayores que yo. Eso era aproximarse a una veta muy promisoria de la poesía de aquel momento. Aunque hay que recordar también que Wilcock llegó a ser un narrador excepcional y que en su oficio de traductor produjo una verdadera obra creadora.

 

Móntale, Wiliams Carlos Williams, Eliot parecen referencias insoslayables en tu poesía. ¿Dónde quedan los poetas españoles o latinoamericanos que crees que te han alimentado o caminado contigo? ¿O bien dentro de tu proyecto no existía un diálogo posible con la poética dentro del español? 

Los profesores de literatura de la enseñanza media solían -no sé si ahora pasa lo mismo- machacarnos con buen criterio el imperativo de leer los clásicos españoles. Lo hice hasta saturarme, en el buen sentido del término. Lástima que también imponían la lectura de los poetas del siglo XVIII y principios del XIX, períodos de penosa aridez lírica. Pudieron habernos ahorrado ese interregno y saltar directamente a Machado y después a Cernuda, por ejemplo, que debimos descubrir por nosotros mismos. Pero junto a Machado y Cernuda habían estado antes Quevedo y Góngora, naturalmente y, costumbre de mi corazón, Garcilaso, que encarnaba para mí la música del idioma.

San Juan de la Cruz ha estado presente en mí en un período de crisis -alrededor de los veintidós años- en el que me invadió lo que llamaría el malestar de la razón insuficiente: la necesidad de una vivencia trascendente. Por otra parte estaba inmerso entonces en la lectura de León Bloy y en mi obsesión por esa frase: ‘Todo es adorable”. Es un postulado que puede merecer una réplica extemporánea si pensamos en la historia y sus genocidios, pero naturalmente se trata de otro nivel de realidad. En Watt Whitman, otra de mis pasiones, esta frase tendría una interpretación celebratoria, y Bloy habla desde su condición de católico absoluto Pero ambos afirman una redención para todo lo que sucede y me conmueve también la intransigente iracundia de Bloy.

 

Justamente: ¿dónde está tu ira en tu poesía?

Soy un espíritu de buena voluntad en relación a la mayoría de mis semejantes, siendo como es la vida un estado de perpetuo conflicto. La cólera presente en muchos de mis poemas, aparte de ser el impulso de una visión crítica del mundo, se aplica a determinados temas: aquellos en que se encarna el mal en cualquiera de sus manifestaciones. No se trata de asumir lo que se da en llamar poesía comprometida, ya que me parece que la mayor responsabilidad del poeta es hacia su lenguaje. Asumo esto como una militancia incluso cuando tematizo la tragedia social de nuestro tiempo, la monstruosa injusticia de un orden que implica la agonía de miles de millones de seres humanos. Enfermos de opinión y de impotencia estamos hablando mucho sobre esto, y está bien que se haga, pero mientras tanto las cosas no cesando empeorar. Si nos hemos quedado sin utopías por desesperación, entonces parece haber llegado la hora del suicidio (perdón por esta altisonancia catastrófica). Pero la vida sigue pidiendo música.

 

Tus poemas son a veces relatos elípticos. ¿Has intentado alguna vez lo puramente narrativo?

Alguna vez lo he intentado, pero la tentativa -relatos con matices poéticos- no se materializó más allá de algún texto irrecuperable. Estoy de acuerdo con el carácter de relatos elípticos aplicado a mi poesía y en mi caso los significados aparecen explicitados.

Yo he atravesado en realidad distintas poéticas a lo largo de mi vida. En un primer tiempo pensaba que la poesía debe “decir algo”, interpretando este “decir” como una instancia especulativa o reflexiva. Después comprendí que el decir de la poesía es la prosecución de una forma. No soy un poeta experimental, de vanguardia, sino de retaguardia. La experiencia rupturista me es ajena y la deploro. A veces fantaseo, voluptuosa y burlonamente, con la imagen mía de poeta viejo atacado de fracturismo.

 

¿Qué significó para vos entrar en Sur desde una vereda ideológica opuesta? ¿Cómo te sentías frente a Girri, que también era un seguidor de Eliot? Es decir, ¿qué significa para un peronista ser un seguidor de Eliot, un poeta que además de introducir coloquialismos y ritmos prosaicos en la poesía contemporánea, era un ex-banquero norteamericano nacionalizado inglés, católico y conservador, algo que no deja de aparecer en sus escritos críticos? 

Entonces yo vivía la poesía en estado de exaltación exclusiva, y aunque exploraba con pasión la historia y me interesaba la política no necesitaba conciliarlas. Por lo demás, la poesía también manifiesta el drama de las relaciones humanas. Y esto también está presente en mi obra. En cuanto a Girri, es un poeta extraordinario, en quien el pensamiento es una presencia viva, pero siempre implicado en la imagen; y me impacta la manera magistral de plasmar concepto y metáfora, en estructuras óseas. Fue aquella una generación de grandes poetas, como Molina y Orozco. Generacionalmente, yo estaba más cerca de Madariaga. Gelman, Lamborghini, Calvetti, Zelarayán, Biagioni, Alonso, Armani, Requeni y María Elena Walsh.

 

Algo que parece comunicarte especialmente con las nuevas generaciones es el rechazo al ego confesional, como cuando dices: “El objeto de la poesía es la poesía, no la exhibición de una experiencia personal. Lo que importa es el hombre como sujeto extrañado del Universo”. Y más eficazmente aún, en uno de tus poemas del 6o: “El mundo escapa como un perro de las curvas secretas de cada uno”. Pero en La dispersión también has dicho: “Los objetos de quienes soy el centro/ dejarán de amarse”, una manera oblicua de postularse, de todos modos, como centro necesario de un universo donde, además, existe el amor.

Pienso que si el descarte del ego confesional puede ser una operación indispensable en la lírica contemporánea, hay algo peligroso en la exageración con que muchos poetas jóvenes destierran, no sólo la experiencia subjetiva, sino la mención de toda experiencia perceptiva o sensorial, produciendo una poesía de resolución abstracta. Pienso a veces, leyendo estos textos, que los lectores del futuro (si es que hay lectores y futuro) se preguntarán: ¿Dónde estaba el mundo visible de estos poetas? La abstracción es la muerte de la poesía. Los grandes poetas del siglo XX se distinguen precisamente por la inmersión en lo concreto.

 

Se te ha nombrado a menudo como poeta de la austeridad, de la ternura y la ironía amalgamadas; como poeta posmodemista, prosaísta, realista, objetivista, descriptivista, minimalista; como alguien que apuesta al fracaso y hace todo lo posible para incomodamos, en las palabras de Fondebrider; etc. Hay algo, sin embargo, que me parece que escapa a los comentaristas, y que puede acaso aparecer como uno de los rasgos más definitorios de tu poesía -al menos es el que a mí me impresiona más- y es la obsesión por la muerte. Está presente en tus mejores poemas, desde “La Paloma” e “Y bien, morimos” (La muerte/ no es natural) hasta tu espléndido Cabeza final, que es más una escultura antes que un poema, y también en tus siniestros y tan logrados “Tiroteo en la noche”, “Sin señales”, “Teléfono y vacío”, pasando por los poemas en que describes crímenes o accidentes automovilísticos. La crueldad, la violencia, el carácter súbito o degradante de la muerte son una marca casi feroz de tu poesía. Yo creo que en eso perteneces, antes que todo, en tu experiencia y en la plenitud de tu poesía, a la generación que escribía y culminaba en los setenta, la que quedó marcada a sangre y fuego por el Proceso, y por eso tu poesía tiene una gravedad y una trascendencia -palabra que seguramente detestas- que no aparece en el mundo posmodernista, light, neutro y desentendido, que habitamos o más bien padecemos. Es también un eslabón, involuntario y provisto de otro sentido, con los neo-románticos. Por muy despojada de metafísica que se quiera, tu poesía nos remite centralmente, continuamente a la muerte. ¿Sería éste un diagnóstico acertado para definirla?

Con respecto a la temática de los accidentes que mencionas, se trata, es ocioso decirlo, de mi fascinación por las oscuras maniobras del azar y del destino. Quizá lo que más me interese o me llame como temática no es la muerte personal sino la muerte de un mundo, el estado de disgregación en que nos encontramos, la caída colectiva de la belleza que estamos presenciando; y no tanto la muerte en sí sino los espacios que la rodean, el deterioro a causa del tiempo, el sentimiento de la pérdida, la degradación de la energía espiritual, el quiebre de la unidad. En la poesía de hoy a veces noto que no se responde a este gran drama que nos rodea, en el sentido de que no sangra. A veces uno teme, no que abandonemos las palabras, sino que las palabras, fatigadas, acaben por abandonarnos.

 

Mientras conversamos, ha ido anocheciendo. Las paltas del jardín parecen haber crecido, altas y desgarbadas, en la sombra. Tomando el té, hablamos de la aparición de las Obras Competas de Joaquín en Emecé, en septiembre, de su entusiasmo por la lectura de la historia y su deleite con las memorias del General Paz; de un canto de zorzal en su ventana. Contemplo sus gestos vivaces, sus ojos luminosos, sus manos como lámparas que van irradiando una suave energía en el crepúsculo. Y después la fiesta de escucharlo recitar poesía inglesa traducida por Borges o Wilcock, o los antisonetos de Storni. Mucho queda por decir, pero lo que no tememos es que las palabras lleguen nunca a fatigarse de Joaquín Giannuzzi.