“Cerdo Largo” – La interconexión de lo exótico, la muerte y lo fantástico en la poesía de Elizabeth Bishop

[FRAGMENTO. Artículo completo en las páginas 149 a 179 de Hablar de Poesía n° 37]

 

Helen Vendler [1]

 

Cuando leí “En la sala de espera” [2]  por primera vez, reflexioné mucho acerca de la representación que hace Bishop de un cadáver masculino a punto de ser devorado por caníbales. En general, se considera que el poema se centra en el descubrimiento de la identidad femenina por parte de la poeta, puesto que subraya, a lo largo del poema, la reticente conexión con su tía, con las mujeres tribales de la National Geographic y sus horrendos pechos colgantes, y con su nombre de mujer, “Elizabeth”. Pero, objetivamente, la fotografía más repugnante que ve en la revista la pequeña es la del ser humano a punto de ser cocinado, la carne que los caníbales llaman, en forma reduccionista, “cerdo largo”.

 

Un hombre muerto colgado de un poste
–“cerdo largo” decía al pie de la foto.

 

Está claro que la pequeña Elizabeth se está concentrando en los detalles más exóticos y sensacionalistas de la revista: destaca los volcanes más que los arrozales, mujeres negras desnudas más que mujeres vestidas o asiáticas, una comida basada en un “cerdo largo” antes que una basada en un jabalí. El nexo entre estas imágenes inquietantes y el yo poético es la apariencia relativamente normal de Osa y Martin Johnson, exploradores blancos, en medio de los paisajes tropicales. Aún así, la introducción del “cerdo largo” y, al final del poema, “la guerra” (que no se menciona antes) sugiere que Bishop tenía que incluir, incluso en un poema acerca de, principalmente, la sexualidad y la vulnerabilidad femenina, los hitos fundamentales de la crueldad cultural: la caza y la ingesta del hombre por el hombre, y su equivalente contemporáneo, la guerra moderna. 

Pero la imagen del “cerdo largo” no es una mera instancia de crueldad y muerte: es al mismo, y tal vez más centralmente, una instancia de lo fantástico, o sea: una metáfora que se señala a sí misma a través de su propia improbabilidad. El “cerdo largo” introduce en el poema –no así la posterior mención de la guerra– la inveterada fascinación de Bishop con la diferencia cultural. En sus poemas, encontramos muchas exhibiciones neutrales de esta fascinación –por ejemplo, los zuecos hechos a mano, cada cual con una melodía distinta, en “Asuntos de viaje”– pero lo que quiero señalar es cuán a menudo lo fantástico se asocia, en Bishop, con lo enfermo o moribundo. Otra forma de verlo es decir que los detalles que parecen más innecesarios en sus poemas –como ese “cerdo largo”– a menudo se encuentran al servicio de una compulsión que funde lo exótico, lo fantásticamente imaginado y lo muerto, enfermo o mutilado en un único objeto compuesto.

 

(…)

 

        En la sala de espera

        En Worcester, Massachusetts,
        acompañé a la tía Consuelo
        a su turno con el dentista
        y me senté a esperarla
        en la sala de espera del consultorio.
        Era invierno. Había oscurecido
        temprano. La sala de espera
        estaba llena de gente grande,
        botas de goma y sobretodos,
        
lámparas y revistas.
        
Mi tía ya había pasado
        su buen rato adentro, me pareció,
        y mientras esperaba yo leía atenta
        la National Geographic
        (ya sabía leer) y estudiaba
        con atención las fotografías:
        el interior de un volcán,
        negro, colmado de cenizas;
        después se derramaba
        en riachuelos de fuego.
        
Osa y Martin Johnson
        con pantalones de montar,
        borcegos y salacots.
        
Un hombre muerto que colgaba de un poste
        
–“Cerdo largo”, decía el pie de foto.
        
Bebés con las cabezas puntiagudas
        enrolladas con vueltas y vueltas de cuerda.
        
Mujeres negras y desnudas con cuellos
        enrollados con vueltas y vueltas de alambre
        como los cuellos de los focos de luz.
        
Sus pechos eran horrorosos.
        Lo leí todo, de punta a punta.
        
Era muy tímida para detenerme.
        
Después miré la tapa:
        los márgenes amarillos, la fecha.
        
De repente, de adentro
        llegó un adolorido ¡oh!
        (la voz de tía Consuelo)
        ni muy fuerte ni muy largo.
        
No me sorprendió;
        
sabía ya que entonces que ella era
        una mujer ingenua y tímida.
        
Bien pude haberme avergonzado.
        
No fue el caso. Lo que sí me tomó
        completamente por sorpresa
        fue que era yo:
        era mi voz, en mi boca.
        
Sin haberlo pensado
        yo era la tonta de mi tía,
        
Yo –nosotras – caíamos y caíamos,
        
nuestros ojos pegados a la tapa
        de la National Geographic,

        Febrero, 1918.

 

 

        Me dije a mi misma: en tres días más
        
vas a cumplir siete años.
        
Me lo decía para detener
        la sensación de que estaba cayendo
        del mundo, redondo y en movimiento,
        hacia el espacio azul, oscuro y frío.
        
Pero lo sentía: sos una yo,
        sos una Elizabeth,
        sos una de ellos.
        
¿Por qué tendrías que serlo?
        Apenas me atrevía a mirar
        para ver qué era yo.
        
Miré de reojo
        
(no me atrevía a levantar la vista)
        el gris sombrío en las rodillas,
        los pantalones y las polleras y las botas,
        los diferentes pares de manos
        que descansaban a la luz de las lámparas.
        
Supe que nunca había sucedido
        nada más raro, que nada
        más raro que esto iba a suceder nunca.
        
¿Por qué habría yo de ser mi tía,
        o yo o cualquiera?
        
¿Qué cosas similares
        –botas, manos, la voz familiar
        que sentí en mi garganta, o incluso
        la National Geographic
        y todos esos colgantes pechos horribles–
        nos reunían a todas
        o nos hacían una sola?
        Qué (no conocía otra
        manera de nombrarlo) qué “incierto”…
        
¿Cómo fue que llegué a estar acá,
        como ellos, para escuchar
        un grito de dolor que pudo haber
        sido cada vez más alto y peor,
        pero que no lo fue?

        La sala de espera era resplandeciente
        y demasiado calurosa. Se deslizaba
        bajo una ola grande y negra,
        y otra, y otra.

        Entonces volví a estar ahí.
        
La guerra continuaba. Afuera,
        en Worcester, Massachusetts,
        la noche, la nieve derretida, el frío,
        y era todavía el cinco
        
de febrero, 1918.

 

        (Trad. Nahuel Lardies)

 

In The Waiting Room// In Worcester, Massachusetts,/ I went with Aunt Consuelo/ to keep her dentist’s appointment/ and sat and waited for her/ in the dentist’s waiting room./ It was winter. It got dark/ early. The waiting room/ was full of grown-up people,/ arctics and overcoats,/ lamps and magazines./ My aunt was inside/ what seemed like a long time/ and while I waited I read/ the National Geographic/ (I could read) and carefully/ studied the photographs:/ the inside of a volcano,/ black, and full of ashes;/ then it was spilling over/ in rivulets of fire./ Osa and Martin Johnson/ dressed in riding breeches,/ laced boots, and pith helmets./ A dead man slung on a pole/ –“Long Pig,” the caption said./ Babies with pointed heads/ wound round and round with string;/ black, naked women with necks/ wound round and round with wire/ like the necks of light bulbs./ Their breasts were horrifying./ I read it right straight through./ I was too shy to stop./ And then I looked at the cover:/ the yellow margins, the date./ Suddenly, from inside,/ came an oh! of pain/ –Aunt Consuelo’s voice–/ not very loud or long./ I wasn’t at all surprised;/ even then I knew she was/ a foolish, timid woman./ I might have been embarrassed,/ but wasn’t. What took me/ completely by surprise/ was that it was me:/ my voice, in my mouth./ Without thinking at all/ I was my foolish aunt,/ I–we–were falling, falling,/ our eyes glued to the cover/ of the National Geographic,/ February, 1918.// I said to myself: three days/ and you’ll be seven years old./ I was saying it to stop/ the sensation of falling off/ the round, turning world./ into cold, blue-black space./ But I felt: you are an I,/ you are an Elizabeth,/ you are one of them./ Why should you be one, too?/ I scarcely dared to look/ to see what it was I was./ I gave a sidelong glance/ –I couldn’t look any higher–/ at shadowy gray knees,/ trousers and skirts and boots/ and different pairs of hands/ lying under the lamps./ I knew that nothing stranger/ had ever happened, that nothing/ stranger could ever happen.// Why should I be my aunt,/ or me, or anyone?/ What similarities–/ boots, hands, the family voice/ I felt in my throat, or even/ the National Geographic/ and those awful hanging breasts–/ held us all together/ or made us all just one?/ How–I didn’t know any/ word for it–how “unlikely”. . ./ How had I come to be here,/ like them, and overhear/ a cry of pain that could have/ got loud and worse but hadn’t?// The waiting room was bright/ and too hot. It was sliding/ beneath a big black wave,/ another, and another.// Then I was back in it./ The War was on. Outside,/ in Worcester, Massachusetts,/ were night and slush and cold,/ and it was still the fifth/ of February, 1918.

 

 

[FRAGMENTO. Artículo completo en las páginas 149 a 179 de Hablar de Poesía n° 37]

 

Notas al pie    (>> volver al texto)
  1. Traducción de Eugenia Santana Gotia>>
  2. Las traducciones de los títulos de poemas y los versos son de Juan V. Blanco.>>