La voz de lo que cambia
Diego Muzzio
(Rodolfo Godino: Elegías breves – Ediciones del Copista)
Elegías breves es un libro estructurado sobre un pilar fundamental, una viga maestra que actúa como soporte general: la memoria. Dentro de este contexto, lo que impulsa la escritura es la observación del paso del tiempo, del cambio, la extrañeza que suscita el acercamiento de la vejez, el recuerdo de personas que ya no están.
No insistiré sobre la perfección formal y el estilo depurado que, a esta altura, son rasgos distintivos de la poesía de Rodolfo Godino. En Elegías Breves, no hay sorpresas al respecto. Felizmente, su poesía sigue resistiéndose a un lenguaje vaporoso o abusivo, y su mirada continúa ostentando cierta objetividad, un tipo de despego formal frente a lo observado. Lo que poderosamente sorprende, lo que llama la atención, es el desplazamiento de la mirada hacia una zona que Godino siempre fue renuente a pisar: el terreno de lo familiar. Y no menos sorprendente es el hecho de que aborde estos tópicos sin renunciar a las características que a lo largo de los años distinguieron su poesía.
Cito algunos versos que, a mi entender, constituyen el núcleo central alrededor del cual giran los poemas de Elegías Breves:
«Lo elegíaco -el manoseo de las sombras, / aquel sonido falso en el poema joven-, / sopla, es real después de los cincuenta / cuando los sedantes purgan / cualquier brinco natural / y las referencias vecinas caen: /frías clausuras instantáneas» («Convertido en algo que no tiene nombre en lengua alguna»). Y estos otros: «…y la pregunta perdida, / la callada: cómo / resbaló tan velozmente / -todo entre aquella tarde y ésta-, / y el aire vacío, el eje inmaterial / de lo caído rugiendo en la nada» («En sepia»).
En efecto, desde la primera página hasta la última. Elegías breves da cuenta del tránsito de una vida, la del propio autor: desde la juventud, pasando obligadamente por el descubrimiento de la poesía y su ejercicio -tema que queda en evidencia en poemas como «La Tarde con figuras en el cielo» (una hermosa, perfecta, arte poética), o quizás en «Buscando el cristal de roca o cuarzo» y «Al poema en libertad»- hasta la comprobación de la desaparición definitiva, férrea, de los seres queridos, y la persistencia de la memoria impresa en unas fotos, en ciertas imágenes que han quedado grabadas para siempre, como esa que nos asalta en la última estrofa de «A campo traviesa», en donde unas mariposas sucumben entre las celdas de la parrilla de un auto. En cada estrofa queda la huella de «una merma, de una / mutilación tardía».
Aunque Godino, en libros anteriores, abordó el tema de la transitoriedad y del paso del tiempo, es en éste en particular en donde la comprobación de la fugacidad de la vida (la propia y la de los otros) se vuelve más descarnada, más cruel y acuciante. Pero aun volviendo una y otra vez sobre estos temas, tan proclives al fácil sentimentalismo y a la queja lacrimosa, el poeta mantiene un equilibrio a ultranza. La penetración de una mirada en cierta forma objetiva, como ya dijimos, deja, no obstante, y gracias a una alquimia difícil de definir, un amplio terreno abierto a la emoción.
El cambio en la poesía de Godino está dado por una mayor penetración de la mirada hacia el mundo inmediato, concreto. Hasta cierto punto, ha dejado de lado la especulación abstracta que caracterizó su poética anterior, para dejarse llevar (siempre manteniendo ese equilibrio al que hicimos referencia) por las imágenes que surgen del recuerdo. El poema ha perdido en abstracción, en beneficio de la contemplación de esos momentos y personas que surgen de la memoria y se imponen en el poema. Esta oscilación entre distintas densidades es, creo, el movimiento que engendra la intensidad que recorre el libro de principio a fin.
Elegías breves no sólo conjuga la memoria de los seres queridos, sino que también rememora los primeros pasos vacilantes hacia el interior de ese fuego devorador que es la poesía; en sus páginas también hay lugar para el agradecimiento, para el homenaje a ciertos poetas y lecturas, como bien puede comprobarse en «Convertido en algo que no tiene nombre en lengua alguna», dedicado a Alberto Girri, y en «Incineración sin testigos», dedicado a Gottfried Benn. El arte poética convive con aquellos otros textos en donde el autor rinde homenaje a algunos poetas que lo marcaron.
Esta mirada vuelta hacia el pasado, centrada en el paso del tiempo, es la impulsora del cambio en la poética de Godino. Prejuiciosamente quizás, uno no espera que un poeta con tanta historia detrás cambie de modo sustancial; uno no espera ninguna sorpresa en este sentido. Se lee, leemos, en la mayoría de los casos, pasando por alto ciertos tics que el perfeccionamiento impone a lo largo de una vida dedicada a la poesía, y que el autor quizás ya no puede soslayar. No es el caso de este libro, en el cual, paradójicamente, la presencia constante de la muerte imprime un nuevo brío, un movimiento que profundiza en lo esencial. Elegías Breves es, quizás, la síntesis perfecta en la profusa obra de su autor. Tal vez no sea arriesgado afirmar que estamos ante el mejor libro de Rodolfo Godino.
Diego Muzzio