La zona primitiva

Tomás Aiello [1]

 

Pozo de la noche

Alguien de acerca al pozo de la noche.
Hunde sus manos en la savia negra
para sentir la esencia de la nada
sobre todos los actos del pasado,
pero no se decide a descender:
las palabras salvajes no están lejos.

Los fuegos de ese bosque no están lejos.
Por miedo abre su boca y dice: noche,
canción, estrella, luna. Descender
es regresar a la mañana negra,
al punto más antiguo del pasado,
al estampido absurdo de la nada.

Pero ahora la luz vuelve a la nada
y hasta el último intento de estar lejos
de las marcas perpetuas del pasado
se reduce a una oscura y vasta noche:
primitiva porción de tierra negra
que invita al visitante a descender.

El único camino es descender
paso a paso a la boca de la nada
-piensa- mientras contempla la cruz negra
que se alza entre las ruinas a lo lejos.
Imaginé mi sangre en otra noche
-pronuncia en las corrientes del pasado.

Los mares, las orillas del pasado
cierran siglos de arena. Descender
al corazón, al centro de la noche,
es besar esa arena ante la nada.
Lo perverso no acecha desde lejos:
su cuenca seca absorbe la luz negra.

Toda palabra pronunciada es negra
y remite a las huellas del pasado.
No arden los fuegos demasiado lejos.
Las sombras sólo esperan descender.
Alguien se acerca al pozo de la nada,
debajo del telar escribe: noche.

El polvo al descender es sangre negra.
La desmedida noche no está lejos:
en tierras de la nada sin pasado.

 

Desde el muelle

Desde el muelle se ve la línea tenue
que separa la plata de las aguas
del escarlata gélido del cielo.
Apenas una vela en la distancia
destaca su contorno leve, frío,
en la monotonía de la tarde.

Casi no se oyen voces a la espalda.
El esperado giro del reloj
marca el final de la jornada diaria.
Muchos regresan a su casa ajenos
al ojo trémulo que los vigila;
otros esconden la tristeza en vano.

Un solitario pájaro atraviesa
la dársena, desgarra con sus alas
la sábana rojiza de los cielos.
Golpea la basura enmarañada
en los pilotes de hormigón. Espera
la oscuridad para mezclarse al agua.

La mujer asomada a la ventana
pierde el color del rostro tras el vuelo
de la música turbia. Una sirena
quiebra el diafragma tenso del silencio.
Pocos pasos delatan el secreto
de la luz extinguida de la tarde.

Los cascos oxidados de los barcos
le devuelven su hierro a la tiniebla.
Es la noche. Ningún farol horada
la oscuridad que avanza sobre el puerto.
Ya marcan su dominio el alquitrán,
el aceite quemado, el combustible.

Así serán los días y las noches:
con hedor a pescado y poca luz
o nada. Con murmullos apagados
y oro falso. Sin golpes, sin pretextos.
De plata diluida el horizonte,
con pocas velas dignas de aventura.

Algunos seguirán buscando lumbre
a lo largo del tiempo de su miedo,
intentando arrancar una verdad
a la esterilidad de esta región.
Otros, callando, dejarán las aguas
para barcos pesqueros alemanes.

 

Detrás del monte oscuro

Detrás del monte oscuro está nevando.
Las ramas crujen bajo el peso blanco.
Atreverse a cruzar es soledad.
La línea que separa lo visible
nos obliga a volver a nuestra casa
con las manos vacías y la boca
sin recuerdos. Es poca la distancia
del pan sobre la mesa a las tinieblas.
La flecha ya desvía su sentido.
Un paso más, la zona primitiva.

 

Fondo blanco

Traspasa el frío las cortinas. Aire
o agua. Cualquier jarrón puede quebrarse
en las primeras horas de la tarde:
tanto la línea de la lejanía
como esta pieza sin calefacción
no se acostumbran a palpar el hielo.

Las maderas del techo crujen bajo
el peso de una nube cenicienta.
Del sur llegan los vientos y los pájaros
desgarbados que escapan del azote
de la nieve. Y hacerse un café acaso
es más sensato que mirar la nada.

Los caminos terminan contra el mar
que arroja en las arenas sus historias
inciertas de naufragios. Toda hierba
seca aprende a vivir rendida al sesgo
de las necesidades. Siempre faltan
puntos de referencia en la distancia.

La soledad se mide, aquí en la estepa,
con los pasos del tiempo acumulados
en la puerta. Es inútil abrigar
esperanzas en torno a las palabras:
se agolpan al principio entre las manos
y luego, al ver el fondo blanco, callan.

 

Deshielo

Ante los ojos la presencia muda
de un ápice de hielo. El resplandor
tangible de la forma. Es el invierno.
Hemos viajado a la región más fría
para dejar de lado los escritos,
la ascensión de la música, el Infierno,
el Paraíso. El intento infinito.
Querer tocar la esencia primitiva
nos es posible, y lo inasible cede:
la noche vive en piedras transparentes,
las palabras expanden sus dominios
y cada cosa acepta su contorno,
pero otro tiempo irrumpe en nuestras vidas.
El grito de las aguas nos despierta:
se produce el deshielo y regresamos
a la difusa luz de un vidrio oscuro.

 

Notas al pie    (>> volver al texto)
  1. Tomás Aiello ( Buenos Aires, 1975) ha publicado Gota de sangre sobre fondo negro (2002) y Campo materno (2004). >>