Giorgio Caproni: Tras el diluvio de la posmodernidad
Nota y versiones de Ricardo H. Herrera
Para Giorgio Caproni (Livorno 1912—Roma 1990), la paradoja de escribir poesía en el estado actual de la cultura se parece mucho a la de rezar fervorosamente sin creer en ninguna divinidad: es condición ineludible de la soledad de la palabra poética y de la soledad del solitario que la cultiva. Leyendo algunos de sus últimos libros (El muro de la tierra, 1975; El francocazador, 1982; El conde de Kevenhüller, 1986), se diría que tanto la noción de Dios como la de hombre se han ausentado definitivamente del mundo: resta sólo el vacío que en un tiempo suscitó sus respectivas apariciones, un vacío estéril por el momento. En esa escena, como esperándose a sí mismo tras emerger del diluvio de la posmodernidad, un personaje fantasmal despliega su desconcierto ante el abandono más absoluto que ha padecido la imaginación humana.
El derrumbe psíquico trae aparejado un desmoronamiento de la idea del arte. De las formas canónicas que el mismo Caproni manejó con destreza sin igual, nada queda: tan sólo filamentos, hebras de lo que alguna vez fue un tejido prosódico perfectamente tramado. El blanco de la página ya no ciñe la estrofa, ya no contornea la forma; más bien, se filtra como niebla a través de los versos. El silencio ha dejado de ser la cavidad natal del canto: se ha convertido en una insonoridad gélida y mortífera que corroe la fluidez del habla y la transforma en entrecortados balbuceos, en puntos suspensivos.
Simultáneamente, venturosamente, ese mismo silencio caliginoso abre por instantes la percepción a una diafanidad donde se destacan con nitidez en la lejanía de la evocación poética los bienes perdidos: el fragor azul del oleaje marino, el trino amarillo del pájaro, la espesura verde del bosque, el centelleo diamantino de los astros. Frente a la nada circundante, tanto física como metafísica, restalla avasallante la iluminación artificial de las grandes metrópolis.
Apocalíptica pero sin solemnidad, la palabra de Giorgio Caproni no ha rehuido la afasia y la incredulidad que la amenazan; por el contrario, ha transformado la negatividad de esas insuficiencias en un tema obsesivo, como si de ellas pudiese surgir una libertad que trascienda la derrota y la impotencia. Pese al riesgo de una clausura total, esta apuesta abre la posibilidad de un comienzo creíble: vale decir, de un comienzo que permita recuperar (sin falsa retórica, sin ingenuas regresiones) la extraviada identidad de lo divino y lo humano. “Hay veces —escribió el poeta— en que aceptar la soledad puede querer decir esperar a Dios. Pero hay una estoica aceptación más noble todavía: la soledad sin Dios. Irrespirable para la mayoría. Dura e incolora como el cuarzo. Negra y transparente (y cortante) como la obsidiana. La alegría que ella puede dar es indecible. Es el acceso —perdida toda esperanza— a todas las libertades posibles. Incluida (la serpiente que se muerde la cola) la de creer en Dios, aun sabiendo —definitivamente— que no hay Dios, que Dios no existe”.
Calle Pio Foà, I
La luz cada vez más dura,
más impura. La luz que vacía
y ciega, convertida en locura
y aluminio, acá
donde en el opulento barullo
del mercado, la ciudad
escupe al rostro su Orgullo
y su Desmesura.
Poste
a Sezis e Mézigue
(Chtibe-Cabane, 17 dic.)
Sabía que no habría nadie
esperándome.
Y sin embargo no lograba
darme paz:
el desánimo me invadía,
lento; me intimidaba.
La niebla que me cubría
estaba vacía, era verdadera.
Pero yo no acertaba a saber
si era una sombra o un hombre real
la larga figura negra
que iba de un lado a otro — alzaba
con su brazo la linterna
ciega y se sacudía
del capote la nieve
y el humo, mientras el silbido
traspasaba la tiniebla.
Sabía que no se trataba
de una partida, menos aún
de una llegada; no sabía
si era un perro o un tren
o el corazón (o la rosa,
acaso, de mi pregunta
sin estallar) la aventura
muerta que me ataba al poste
muerto de mi miedo.
Determinación
a Luigi Mercantini,
por una rima adeudada
No llegó nadie.
Bajaron todos.
Uno
(el último) se detuvo
un instante, el rostro en el resplandor
del encendedor, y después
tomó también él —decidido—
su camino.
Nos
miramos.
Lo habríamos
apuñalado, a él
(¡el último!) que podía,
necesariamente debía,
ser él, si él
no había llegado.
Lo dejamos
pasar derecho
delante de nosotros.
Y sólo
cuando desapareció, el desierto
se nos hizo claro.
¿Qué hacer?
Inútil esperar
otro tren.
El texto
era explícito.
O aquí
y ahora,
o….
nada.
Nos
fuimos.
Le dimos
la espalda al vacío
y al humo.
Sacudimos
los hombros.
Nos las arreglaremos,
dijimos, sin
él.
Tal vez,
seremos más fuertes
y libres.
Como los muertos.
Larghetto
Tras la barrera, acaso.
Acaso, tras de la aduana
de agua…
Donde el canal
va por la hierba y el viento
ya es campestre…
Prueba.
Ahí está la infancia.
Prueba.
Está la infancia que tiembla…
Ahí aún el mutilado
de un brazo, con la izquierda
(recuérdalo: te lo ordenaron
—siendo apenas un niño, entonces,
que sonríe a los tigres)
descarga la pistola
sobre el escrito que le sostienes…
Vé…
Prueba donde el rebaño
es una nube en el prado.
El viejo de ojos
oscuros…
Puede ser él.
Prueba donde el pavor
vulnera el cielo, y el aliento
(recuérdalo: fuiste intimado)
tiembla como el vellón
de los arbustos…
Tras
la barrera…
Tras
de la Aduana de Agua…
Donde
—sin arboleda y sin
carpa— yo,
en los iris de aluminio
de los tres, no reconocí
ningún Dios de exterminio.
Prueba.
Más allá del mal
y del bien.
Donde
parece acero el viento
y una daga el canal.
Atque in perpetuum, frater…
Cuánto invierno, cuánta
nieve he atravesado, Pedro,
para venir a verte.
¿Qué me ha acogido?
El hielo
de tu muerte, y toda,
toda la nieve blanca
de febrero — La negrura
de tu fosa.
También yo
dije mis plegarias
rituales.
Pero sólo,
Pedro, para decirte adiós,
adiós para siempre, yo
que tenía en ti al único y verdadero
amigo, hermano.
Volviendo, en negativo,
sobre una página de Kierkegaard
Qué lejos y vacía va
la hierba en su vacío
olor…
El sol
se ha puesto.
Espero
las puntas de viva vida
de las estrellas.
Escucho.
Oigo sólo un rumor
perdido de agua descolorida.
Ningún Puente Negro
Ningún Gilbjerg.
Los muertos
siguen muertos y en vano
los convoca el pensamiento.
Estamos solos: yo y el grito
—ronco— de la gaviota.
Ningún ojo armado.
Ningún “pájaro que cante,
en el poniente, su plegaria”.
Todo está oscuro en torno.
El mar. Su páramo.
Hojas
Cuántos se fueron…
Cuántos.
¿Qué queda?
Ni siquiera
el soplo.
Ni siquiera
el arañazo del rencor o la dentellada
de la presencia.
Todos
se fueron sin
dejar rastros.
Como
no deja rastro el viento
sobre el mármol por donde pasa.
Como
no deja huellas la sombra
sobre el andén.
Todos
desaparecidos en una polvareda
confusa de ojos.
Un murmullo
de voces áfonas, casi
como de hojas a contraviento
detrás de los vidrios.
Hojas
que sólo el corazón ve
y en las que la mente no cree.
Respuesta del cambista
“Son monedas preciosas,
por cierto. Pero ya no tienen curso.
Pruebe en un Museo. No veo
—lo siento— otro recurso.”
Claro
Dónde nos extraviamos…
Nos separamos…
No
es una indicación.
No
es una interrogación.
Una exclamación,
tal vez.
(O un desfallecimiento.)
Un viento
quebradizo socava la frente
ya desmantelada.
¿Es miedo?
. . . . . .
El bosque se ha transformado
en un espantoso claro.
Träumerei
Las trombas militares
en la nieve…
Los disparos…
Los silbidos de los disparos
a cero…
Sueña.
Sueña las blancas vocales
de los gritos de los muchachos, y el aire
que los dilata…
Los espacios abiertos
de la infancia…
Sueña.
Sueña con Dachau…
Las músicas
transparentes entre las flores…
Los árboles del Sol y de la
Luna…
Sueña con Alcina…
Hiroshima…
Suéñala,
mientras la mente
se va acercando a la hierba…
cada vez
más cerca de la hierba…
del agua
viva…
de las piedras
donde golpea.
Sueña.
Sueña con Plaza Fontana.
(On the Beach at Fontana…)
Sueña —mientras está lejana
(y ya está encima)— la dura noche
(¡suéñala!) de la obsidiana.
El delfín
a Greg Gatenby
Doquiera salte el delfín.
(el mar le pertenece por entero,
desde el Océano, dicen,
hasta el Mediterráneo), ahí
puedes ver el vivo brinco de Dios,
que se muestra y se oculta en él,
sonriente acróbata de rostro agudo.
Es el malabarista de nuestro
inquieto destino —el emblema
del Otro que buscamos
con afán, y que
(el delfín es feliz — es el alegre
compañero de todo navegante)
se divierte (nos exhorta)
fundiendo la negación
(una zambullida subacuática — un vuelo
elegante y súbito
en la espumante blancura)
con el grito de la afirmación.
El pez dragón
(Palabras,
casi de buena Fe,
de Medardo monje)
En el páramo de la plegaria…
Sumérgete —hasta el aturdimiento—
en el páramo de la plegaria…
Extráñate en Dios…
En su nombre…
En el flatus
de su nombre…
Húndete
—de cabeza— en el mar
petrificante…
Toca
—hasta el ahogo—
la profundidad…
La arena
(o légamo) donde puntiagudo
te inyectará veneno
(te hará sangrar)
el pez dragón…
Invoca
al ininvocable…
Húndete…
Húndete hasta el embrutecimiento…
……
(No tienes alternativa, si quieres
enceguecer también al viento.)
El mar como material
al escultor
Mario Ceroli
Esculpir el mar…
Sus músicas…
Extensas,
sus móviles cordilleras
de crestas nevadas…
Esculpir
—azuladas— las astillas
de sus iras…
Los fragmentos
—contra muros o escolleras—
de sus euforias…
Hilar el vidrio en láminas
semiviperinas…
En filosas
cintas de algas…
Fijar
—bajo las transparentes
baterías del cielo— las blancas
catástrofes…
Mineralizar
la aterrorizadas alegrías
de quien bucea…
Esculpir
el mar hasta hacer el rostro
de aquel que se disipa…
Decir
(con bonanza o borrasca)
lo indecible usando
el mar como material…
El mar como construcción…
El mar como invención…
Via Pio Foà, I // La luce sempre più dura, / più impura. La luce che vuota / e cieca, s’è fatta paura / e alluminio, qua / dove nel tronfio rigoglio / bottegaio, la città / sputa in faccia il suo Orgoglio / e la sua Dismisura.
Palo // Sapevo che non ci sarebbe stato / nessuno ad aspettarmi. / Eppure io non sapevo darmi / pace, ed uno / sgomento in me saliva / lento, che m’intimidiva. // La nebbia che mi ricopriva / era vuota, era vera. / Ma io non sapevo se ombra od uomo certo, era / lunga la figura nera / che su e giù andava — alzava / col braccio la lanterna / cieca, e scuoteva / dal cappotto il nevischio / e il fumo, mentre un fischio / la tenebra trapassava. // Sapevo che non si trattava / di partenza, e nemmeno / d’arrivo; né sapevo / se cane fosse o treno / o cuore (o la rosa, / forse, della mia inesplosa / domanda) l’avventura / morta che mi legava al palo / morto della mia paura.
Determinazione // Non è arrivato nessuno. / Tutti sono scesi. / Uno / (l’ultimo) s’è soffermato / un attimo, il volto nel lampo / dell’accendino, poi / ha preso anche lui — deciso — / la sua via. // Ci siamo / guardati. // Lo avremmo / pugnalato, lui / (l’ultimo!) che pur poteva, / doveva necessariamente / esser lui, se lui / non era giunto. // Lo abbiamo / lasciato passare diritto / davanti a noi. // E solo / quand’è scomparso, il deserto / ci è apparso chiaro. // Che fare. // Inutile aspettare, / certo, un altro treno. / Il testo / era esplicito. / O qui, / e ora, / o… / nulla. // Siamo / venuti via. // Abbiamo / voltato le spalle al vuoto / e al fumo. // Abbiamo / scosso le spalle. // Faremo, / ci siamo detti, senza / di lui. // Saremo, / magari, anche più forti /
Larghetto // Fuori barriera, forse. / Forse, oltre la dogana / d’acqua… // Dove il canale / già prende d’erba, e il vento / è già campestre… // Prova. // Là c’è l’infanzia. // Prova. // C’è l’infanzia che trema… // Là ancora il mutilato / d’un braccio, con la sinistra / (ricordalo: ti fu ordinato / — bambino appena, allora, / che sorride alle tigri) / scarica la pistola / sul foglio che gli reggi… // Vai… // Prova dove le greggi / sono nubi sul prato… // Il vecchio coi suoi bui occhi… // Può esser lui. // Prova dove la paura / spacca anche il cielo, e il fiato / (ricordalo: ti fu comandato) / esita come la lana / delle siepi… // Fuori / barriera… / Oltre / la Dogana d’Aqua… / Dove / — senza querceto e senza / tenda — io, / nelle iridi d’alluminio / dei tre, non ravvisai / nessun Dio di sterminio. // Prova. // Al di là del male / e del bene. // Dove / già sa d’acciaio il vento, / e un coltello è il canale. e liberi. // Come i morti.
Atque in perpetuum, frater // Quanto inverno, quanta / neve ho attraversato, Piero, / per venirti a trovare. / // Cosa mi ha accolto? // Il gelo / della tua morte, e tutta / tutta quella neve bianca / di febbraio — il nero / della tua fossa. // Ho anch’io / detto le mie preghiere / di rito. // Ma solo, / Piero, per dirti addio / e addio per sempre, io / che in te avevo il solo e vero /
Riandando, in negativo, a una pagina di Kierkegaard // L’erba como va lontana / e vuota, nel suo vuoto / odore… // Il sole / è tramontato. // Aspetto / le punte di viva vita / delle stelle. // Ascolto. // Sento solo un rumore / perso d’acqua sbiadita. // Nessun Ponte Nero. / Nessun Gilbjerg. // I morti / restano morti e invano / li richiama il pensiero. // Siamo soli: io e il grido / — rauco — del gabbiano. // Nessun occhio armato. // Nessun “uccello que canti, / sul vespero, la sua preghiera”. // Tutt’intorno il buio. / Il mare. La sua brughiera. amico, fratello mio.
Foglie // Quanti se ne sono andati… // Quanti. // Che cosa resta. // Nemmeno / il soffio. // Nemmeno / il graffio di rancore o il morso / della presenza. // Tutti / se ne sono andati senza / lasciare traccia. // Come / non lascia traccia il vento / sul marmo dove passa. / Come / non lascia orma l’ombra / sul marciapiede. // Tutti / scomparsi in un polverio / confuso d’occhi. // Un brusio / di voci afone, quasi / di foglie controfiato / dietro i vetri. // Foglie / che solo il cuore vede / e cui la mente non crede.
Risposta del cambiavalute // “Sono monete preziose, / certo. Ma non hanno più corso. / Provi in un Museo. Non vedo / — mi spiace — altro soccorso.” Radura // Dove ci siamo persi… / Dispersi… // Non / è un’indicazione. // Non / un’interrogazione. // Un’esclamazione, / forse. / (O uno sgomento.) / Un vento / friabile scalza la fronte / già smantellata. // È paura? // . . . . . . // Il bosco s’è mutato / in allarmata radura.
Träumerei // Le trombe militari / nella neve… // Gli spari… // I sibili degli spari / a zero… // Sogna. // Sogna le bianche vocali / dei gridi dei ragazzi, e l’aria / che le dilata… // Gli spiazzi / dell’infanzia… // Sogna. // Sogna Dachau… / Le musiche / trasparenti tra i fiori… // Gli alberi del Sole e della / Luna… // Sogna Alcina… // Hiroshima… // Sognala, / mentre già t’avvicina / la mente all’erba… / sempre / più all’erba.. / all’acqua / viva… / ai sassi / dove imbalza. // Sogna. // Sogna Piazza Fontana. // (On the Beach at Fontana…) // Sogna — finché t’è lontana / (l’hai addosso) — la notte dura / (sognala!) dell’ossidiana.
Il delfino // Dovunque balza il delfino / (il mare gli appartiene tutto, / dicono, dall’Oceano fino / al Mediterraneo), vivo / là vedi il guizzo di Dio / che appare e scompare, in lui ilare / acrobata dall’arguto rostro. // È il giocoliere del nostro / inquieto destino — l’emblema / dell’Altro che cerchiamo / con affano, e che / (il delfino è allegro — è il gaio / compagno d’ogni navigazione) / si diverte (ci esorta) / a fondere la negazione / (un tuffo subacqueo — un volo / elegante e improvisso / in un biancore di spume) / con grido dell’affermazione.
Il pesce drago // Nel baratro della preghiera… // Sprofòndati — fino allo stordimento — / nel baratro della preghiera… // Instupidisciti in Dio… // Nel suo nome… // Nel flatus / del suo nome… // Immergiti / — a capofitto — nel mare / pietrificante… / Toccane / — fino al soffocamento — / il fondale… // La sabbia / (o melma) dove aculeato / ti inietterà veleno / (ti farà sanguinare) / il pesce drago… // Invoca / il non invocabile… // Affonda… // Affonda fino all’inebetimento… // …… // (Non hai alternativa, se vuoi / accecare anche il vento.)
Il mare come materiale // Scolpire il mare… // Le sue musiche… // Lunghe, / le mobili sue cordigliere / crestate di neve… // Scolpire / — bluastre — le schegge / delle sue ire… // I frantumi / — contro murate o scogliere — / delle sue euforie… // Filarne il vetro in làmine / semiviperine… // In taglienti / nastri d’alghe… // Fissarne / — sotto le trasparenti / batterie del cielo — le bianche / catastrofi… / Lignificare / le esterrefatte allegrie / di chi vi si tuffa… // Scolpire / il mare fino a farne il volto / del dileguante… // Dire / (in calmerìa o in fortunale) ( l’indicibile usando / il mare como materiale… // Il mare come costruzione… // Il mare como invenzione.
Notas del autor
Via Pio Foà, I. Dante, Inferno XVI 73-74: La gente nova e’ subiti guadagni / orgoglio e dismisura han generata [La nueva gente y las ganancias rápidas / orgullo y desmesura han provocado].
Atque in perpetuum, frater… Son versos dedicados a mi hermano Pedro Francisco, muerto el 12 de febrero de 1978 y sepultado en una gélida mañana de nieve en el cementerio de San Siro, en Génova-Struppa.
Volviendo, en negativo, sobre una página de Kierkegaard. Véase la p. 185 del Diario [de Kierkegaard] al cuidado de Cornelio Fabro, segunda edición revisada, Morcelliana, 1962: “Cuando del Hotel se pasa el Puente Negro (llamado así porque en otros tiempos aquí se detuvo la peste) y se camina por los campos desnudos que se extienden a lo largo de la playa, después de un cuarto de milla hacia el Norte se llega a una altitud dominante, esto es, al Gilbjerg. Este rincón ha sido siempre uno de mis preferidos. Y cuando yo me encontraba allí una tarde tranquila, cuando el mar con una gravedad calma pero profunda entonaba su canto, cuando el ojo no tropezaba ni con el más tenue velo sobre la inmensa superficie y el mar no tenía otro límite que el cielo y el cielo el mar, cuando en tierra la actividad incesante de la vida se iba apagando y los pájaros cantaban a la hora vespertina su oración… a menudo veía surgir de las tumbas y venir a mi encuentro a mis muertos queridos, o, mejor, me parecía que ya no había muertos. Entre ellos me encontraba tan bien: un verdadero descanso entre sus brazos, como si también yo me sintiese sin cuerpo y me fundiera con ellos en un éter superior. De pronto el grito ronco de la gaviota me despertaba, recordándome que estaba solo […]”.
Träumerei. Es una de las Kinderszenen op. 15 para piano de Robert Schumann, de la cual también existe una fácil transcripción para violín. “Los árboles del Sol y de la Luna”, “Alcina”: véase Andrea da Barberino, Guerin Meschino. “On the Beach at Fontana”: es el título de uno de los Poems Penyeach de James Joyce.
El delfín. Versos aparecidos en inglés en WHALES, A Celebration, Prentice-Hal Canada/Lester & Orpen Dennys, 1983. Obra verdaderamente monumental, cuidada por el poeta Greg Gatenby, distribuida en todos los continentes “para celebrar y defender a las ballenas, a los delfines y su mundo, y para proteger así también el mundo del hombre. Asomándose a los clásicos de las más diversas épocas y culturas, han colaborado, gratuitamente, artistas, escritores, poetas y músicos de todas las nacionalidades, dejando todos los provechos de venta a la Greenpeace Foundation’s Save the Whale Compaig”. Una poesía hecha a pedido, pues, que me fue solicitada por el mismo Gatenby en 1980, y que hice con gusto para salvar un millonésimo gramo de esos cetáceos, por cuyo metódico exterminio ningún Conde de Kevenhüller estimó necesario sacar un AVISO.