Escribir poesía

Daniel Ponce

 

El escepticismo ha hecho de mí un individuo desapasionado, receloso, nada proclive al asombro y, para desgracia de mis congéneres, un tanto socarrón. Estas tímidas maniobras me socorrieron para mantenerme algo somnoliento y anestesiado al librar una batalla que sabía perdida de antemano. Intuí, desde el comienzo de mi dedicación a la literatura, que nada podía aportar de relevante después de veintiocho siglos de experimentación. Aunque, en sucesivas operaciones de negación, me repuse de aquel íntimo menoscabo porfiando que había algo para decir. Así transcurrieron los años: recordando y olvidando lo peor, la maldición de desear de modo irrefrenable la escritura.

 Aquello que primero había sido una mera anomalía de las frases -llamemos así, por piedad, a los primitivos bosquejos de poemas- fue degenerando en la necesidad de atiborrar el espacio, como el que, dubitativo al trazar una línea, la va tejiendo con pequeños guiones. Descree de la firmeza del pulso, pero desea llegar al fin, aunque el resultado lo decepcione. Puedo confesar, sin ambages, que intentaba escribir poemas sin ideas. Por lo menos, sin ideas previas. Escribía palabras como el que se entretiene desbastando una vara con un cortaplumas, más para atenuar un impulso que para dejar algún testimonio. De más está decir que también prescindía de las emociones, salvo alguna que otra vez, cuando alguna obsesión o penuria me desvelaban. También escribía columnas de frases, que juzgaba «poéticas» vaya a saber por qué, sin imágenes, sin ritmo, y sin armonía.

 Durante un lapso prolongado, recoleto, nocturno y desasosegado, llené algunos cuadernos con estos monstruosos artefactos. Había leído, guiado por el azar, algo que hoy me resulta odioso de Neruda, un libro idiota de Cocteau acerca de los vericuetos del opiómano, una traducción rimada de Las Flores del Mal, y un opúsculo llamado Líquenes, de un autor que, tal vez, no haya existido nunca y que alguien inventó para ocultar su inclinación al aburrimiento. Sabía de memoria un poema de Prévert, que ya he olvidado, y dos versos que suponía de Estanislao del Campo que, luego constaté, no figuran en el Fausto, tal vez oídos a un payador de televisión.

 A poco de andar, me juzgué ducho para leer todo tipo de poesía, pues era del convencimiento de que no hace falta comprender un texto para adentrarse en él. Ignoro de dónde extraje esta sofisticada conclusión. Además, sin darme cuenta fui absorbiendo la sincronía de aquella época. Dicho de un modo menos estructuralista: fui impregnándome con lo que se divulgaba o se instituía. Una serie de fragmentos y arbitrariedades, como ocurre hoy mismo y, de seguro, como ocurrirá. La diacronía no me contaba entre sus adeptos. Es más, así como era capaz de escribir columnas de frases sin ideas, concluí que era apto para tachar de anticuado todo aquello que era anterior a mi presente o -a veces era un tanto más concesivo en el rango temporal- aquello que fuese más atrás de la década del cuarenta. Adolecía, desde luego, de una tara que hasta más tarde no supe de dónde provenía: la creencia de que la literatura -un corpus cuyo desarrollo era sólo un conjunto paquidérmico de nombres, que sólo intuía por esquirlas- representaba un fenómeno estructurado a partir de una ley evolutiva, en la cual el último tramo o ramificación constituía el segmento más ponderable y ejemplar.

 Era lógico, en medio de ese tembladeral, denostar, por higiene, a la poesía con rima. Y lógico, y absurdo a la vez, desentenderse del español y, por ende, de los poetas que lo escribieron, porque ignoraba lo principal: que lo poco que podría escribir -ya que maliciaba de mi capacidad de imaginación- debía ser escrito en dicha lengua.

 Me amparaba en traducciones sospechosas y me guiaba el azar. Sin embargo, no cejaba de producir mis frases. Algo ignoto me persuadía de que era innecesario conocer las reglas del arte que pretendía practicar, y con las reglas, los cultores de esas reglas. Me contentaba con una actitud, un mísero gesto de repugnancia, como si una escuálida reverberación fuese suficiente para producir claridad.

 En forma paulatina -ya el arte de pergeñar frases había avanzado, como un ejército de desharrapados, sobre varios cuadernos- fui adquiriendo una modalidad de producción: abrir un libro ajeno y detenerme en una palabra, cerrarlo y lanzarme a brutales asociaciones que, sin ton ni son, eran capaces de parir veinte líneas. Allí me detenía. Subestimaba a los que espiaban esos seudotextos amparándome en el «hermetismo», nombre que debo haber recolectado en alguna revista inofensiva y que, con prolijidad, escruté en el diccionario.

La ignorancia era la madre de un oficio que yo creía ir dominando a fuerza de persistencia. La ignorancia es aliada de la productividad literaria y medio hermana de la soberbia. Comencé a leer con voracidad, siempre poetas señalados o coronados por los medios de entonces, y aprendí a descartar, a obedecer y a vivar, como también me fui apropiando de un léxico, porque casi siempre a un hablador de poesía puede pedírsele un léxico antes que un sistema. Ese léxico, al que aún oigo respirar cuando por equivocación leo una reseña en la sección literaria de un matutino, generaba en mí una suerte de paradialecto -podría decir, hoy, idiolecto- que, estaba seguro, describía el comportamiento de ciertos enunciados e, incluso, podía enaltecer lo que yo mismo hacía o, por lo menos, imbuirlo de un aura misteriosa. La estratagema de apelar a términos que provienen de algún arsenal herrumbroso y hacerlos jugar, relumbrantes, en frases que se suponen trabajadas con ingenio, es tan arcaica como las arengas políticas y la monserga de los chamanes, sobre todo porque la condición de estos términos es el contrabandeo, la extrapolación pero, prestigiosos por un tiempo, pueden provocar un efecto de hipnosis pasajera, náuseas, cefalea o inhibición del sentido crítico.

 Digamos que me fui convirtiendo en el «explicador» de mis propios versos y, aun, de los versos ajenos. Ayudó el psicoanálisis -aunque desde el vicariato del paciente-, como así también cierto repertorio de palabras que eran de uso corriente en la sociología o, quizá, en la «politología» y, desde luego, en la termodinámica, la astrología y el menefreguismo. Pero todavía quedaba mucho por leer, y mucho más por componer.

 La antinomia moderno/antiguo era una contradicción resuelta. Había que despreocuparse de los antiguos. Que los muertos entierren a sus muertos. Ser, a perpetuidad, modernos -ignorando qué era el anatema de alguien tan finado como Rimbaud- constituía un sentimiento, y los sentimientos no son materia de discusión. Tampoco lo era el concepto de modernidad. Por moderno se entendía -yo entendía- lo nuevo. El resto se hundía sin remedio, como un vetusto trirreme en las aguas del Egeo.

 A la hora de practicar mis versos, puedo agregar, me atacaba un espíritu de negligencia o de prescindencia comparable a una suerte de obnubilación recurrente, como el que intenta dar escopetazos a ciegas o ahogado en alcohol. ¿Qué tenía que ver la práctica que llevaba, por ejemplo, con la filosofía? ¿Quién otro que yo podía autorizarme a perpetrar esos dislates si todo, salvo lo que colectaba en publicaciones facciosas, yacía muerto a mi alrededor? ¿Qué podía decirle la historia de la literatura a alguien que deseaba, emperrado, convertirse en poeta o, con miserabilidad, ser reconocido como tal?

 Se incorporaron nuevos malentendidos: Artaud, Gelman, César Fernández Moreno, Huidobro, etc. Yo desconfiaba, pero escribía o encolumnaba frases o apilaba cuadernos. Mi modernidad estaba a resguardo. Ya casi hablaba como los entendidos, sin saber que cualquier oficio posee un léxico críptico y, además, procrea cultores calificados que emanan superstición. También existen rémoras: cultores de los cultores. apologistas, exégetas, chupamedias, aggiornados y sacerdotes.

 Al promediar los años de iniciación, para mí antes de sobrepasar la treintena, ya había adocenado en los anaqueles a gran parte del canon sincrónico. Continuaba desconfiando de mis posibilidades expresivas, pero seguía ahorrando para la posteridad: escribía un libro al año. Entre muchos autores europeos, casi nunca españoles, hubo algunas incorporaciones vernáculas. Girri, por ejemplo. Autor muy valorado hace dos décadas y que, hoy, nadie consigue recordar. Debo decir que leí con dedicación sus libros sin dejar de aburrirme y sin poder discernir si dicho autor se propone exasperar o si lucha por imponer una gramática bizarra. Ya por entonces, Gelman había abandonado sus macarrónicos poemas de agitación para volcarse al cultivo de los diminutivos y de las frases amputadas, y con Fernández Moreno muerto había cesado el coloquialismo -eso creía-, y las émulas de Pizarnik lanzaban un libro tras otro para volver a hablar de la inocencia vulnerada y para exponer la autoconmiseración detrás de la imagen de una niña, un tanto avejentada pero triste al fin. Yo seguía ajeno a la filosofía griega y prescindiendo del español.

 En el horizonte de estandartes se alzó una nueva bandera: Lamborghini. Juro haber leído algunos de sus libros aunque jamás pude desentrañar su juego. La mezcla de populismo y tartamudeo me derrotó con puntualidad. Por aquel entonces, los neobarrocos -o neobarrosos, para mentarlos con propiedad- hicieron el resto. El masoquismo de la condición moderna iba alcanzando el éxtasis.

 Mientras tanto yo seguía empantanado en la factura de mis libros anuales. Libros que nunca publiqué y de los que me desentendía a poco de concluirlos. Estaba convencido de la pobreza de mi imaginación y de la escasa posibilidad de supervivencia de mis versos. Aunque continuaba considerándome moderno, nuevo, o novísimo. Desconocía otro rol.

 Al hermetismo lo sucedió la contaminación barroca, vía Lezama Lima, y, en forma paralela, fue tomando cuerpo una conclusión inconfesable: la poesía me aburría como lector. Pero como autor debía persistir, si no, ¿qué sería de mí, que había dedicado la juventud a llamarme poeta, y moderno y secreto? ¿Qué suerte iban a correr los cuadernos?

 Cada tanto, volvía a releer lo que había escrito a lo largo de una década. Siempre con la misma decepción. Aunque una tenue virtud le asignaba a los escritos, o poemas: daban, algunos de ellos, cierta talla. Compuestos sin ideas, a veces sin puntuación, casi siempre sin ritmo, ajenos a experiencias constatables, librescos, eran, de manera invariable, o permitían ser considerados, modernos. Por lo menos, nadie pondría en dudas la actualidad del autor. Era suficiente.

 Había adoptado una forma de composición -la palabra decisiva, como acicate o llave para abrir el conducto de asociación libre-, repetía términos que había leído en poemas de otros, ingeniaba dos o tres frases incoherentes pero con cierto brillo enigmático, y concluía cuando ya no podía seguir. A pesar de desestimar a Girri, sufrí el contagio de una de sus recurrencias: escribí muchos poemas acerca de los poemas. Mis labores retóricas se confirmaban cuando leía a mis contemporáneos. Una proliferación de textos cuya hibridación parecía ser la garantía para afrentar al olvido. El mensaje, al que nunca adjudiqué importancia, era la palabra misma, como si el mundo no estuviese inundado de palabras o como si el sin sentido fuese inhabitual.

 Había algo más en mi presunción de moderno: la osmosis. Creía haber leído todo a partir de reconocer sólo ciertos fragmentos. Era permeable al dictado del viento, que traía nombres antes que argumentos, y los clásicos, si es que existían, ya los había examinado, aunque la tarea jamás hubiese ido más allá de recordar un decálogo de apellidos. Hubiese sido impropio detenerse en Lope restándole tiempo a Baudrillard.

 Pero el aburrimiento me carcomía. Leer a mis contemporáneos no era la dicha, sino la obligación. El placer de la lectura no siempre es patrimonio de los escritores. Yo ansiaba un emblema, comprendí. Un emblema que era accesible luego de una práctica y que constituía la garantía para soliviantar el reconocimiento de los otros. Y poco más, ya que no publicaba ni trababa relaciones, ni integraba ningún club, ni participaba de ninguna guerrilla. Lo mío, creo hoy, era la consecución de un epitafio o un epíteto.

 A estas alturas, por designio de la insistencia, ya me había convertido en una caricatura de mí mismo. Los equívocos, las suposiciones, la ambición contradictoria: gozar de una palabra propia y, a la vez, renegar de ella, los libros consumidos, como lector, a las apuradas, el morbo por rechazar, en la intimidad, a los que decía venerar, y por adorar -al prestarles atención- a los que sabía deleznables, me fueron reduciendo a ser un poeta instantáneo, es decir, alguien proclive a escribir a voluntad. Bastaba la palabra robada para que el dispositivo se echara a andar. Debía controlar, sólo, el volumen de tirada de los versos que, cuando sobraban, atesoraba en un cuaderno específico que funcionaba como cuartel de inválidos o criadero de momias. Además del barroco lezamiano, puedo recordar pocas adquisiciones en este período: Paz, el ubicuo, Germán Belli y su disposición para el hipérbaton, y Allen Tate, a quien jamás pude decodificar. El asunto es que, de a poco, el español se iba colando por entre la red de traducciones. Fue entonces que, fatigado de sobreactuar el mismo papel durante la incertidumbre de cada medianoche y hastiado de negar lo que para adentro, y en secreto, me decía a mí mismo (que la poesía, representada por los exponentes que conocía, me resultaba atroz y ociosa, como mis propios cuadernos, construidos para sostener un gesto y apuntalar el apellido de un desconocido), padecí una crisis de creencia, en este caso, de creencia de mi potencialidad como máquina retórica, ya que en lo que respecta a la originalidad siempre me mantuve pesimista. Había conseguido ser moderno: primero, hijo del malentendido ocasionado por el maridaje del surrealismo y el coloquialismo; luego: barroquista mostrenco, parásito de Eliot (a quien, por mera conveniencia, consideraba barroco) con ropa de lianas, como un Robinson ilustrado que, en una isla pedregosa, gasta el tiempo en maquetas que remedan su pasado occidental.

 Y algo más: debía cargar con casi quinientos poemas trabajados sin ideas, lo cual, antes de constituir un mérito, representaba sólo un logro estadístico.

 Me hundí en el silencio, como debe ser, pues era el estado que más conocía; los balbuceos, por más que se disfracen de versos, son una extraña variedad de silencio, quizá la peor lograda. Pero algo ocurrió. Por alguna razón tenebrosa, o luminosa, aunque insondable, dediqué la década siguiente a la antropología. Algo tenía que hacer para llenar el vacío, no el de la ausencia de literatura que, aunque inhóspito, no es superior al de la insatisfacción, sino el que provocaba mi propia inestabilidad emocional. Estudiar un conjunto de hipótesis, cuyo estatus epistemológico siempre está amenazado, un cuerpo teórico, abarrotado de discursos, meter las narices en la historiografía y en los mitos, y pretender adquirir una línea de pensamiento es una tarea obsesiva y nada recomendable. Este es un dato que sólo me incumbe a mí, pero además, viene a cuento para la argumentación. Tantos años en la ciénaga de los malentendidos necesitaba una puesta en claro o una catarsis.

 Sin saber por qué, hice mis primeras armas en arqueología cuando pisaba los treinta años. A esta edad la sangre se ha enfriado un poco, o bastante, en las venas de un individuo. Lo cierto es que el primer desgarro que experimenté al abismarme en una disciplina tan ardua y rigurosa fue el que devino del estupor: el tiempo generacional, el que me tocaba compartir con rivales que también escribían, por lo menos como yo lo había imaginado, era insignificante -el tiempo había sido «mi» tiempo subjetivo y una serie de lucubraciones erráticas- respecto del devenir de la materia. No hablo del tiempo de los físicos, sino de la temporalidad de lo que llamamos decurso o historia. Los segmentos pasaban, ahora, a contarse por milenios, por millones de años, por trillones, así hasta vislumbrar una masa ígnea, y luego la nada, lo innominado, el antitiempo.

 Concebir la irrelevancia de la existencia individual, por no decir lo efímero de nuestra condición de seres vivos, terminó con mi modernidad en cuestión de días. El odio ganó mis vísceras: había invertido más de una década en la fabricación de abalorios que, por otra parte, ya estaban fabricados, consumidos y disecados. El sólo hecho de pensar en el hombre de las cuevas de Altamira me llenaba de desazón.

 Luego ocurrió un proceso de erosión que causó estragos en mis tenues ideas, la erosión de las relaciones. Un mito fundacional podía ser una práctica ritual atenuada, bajo la máscara de un contrato en la vida actual. Un lazo parental se repetía a través de los mares y de las épocas, y en gran medida había nutrido un sinnúmero de religiones, había ayudado a constituir sociedades, había sostenido los linajes. El homínido menos dado a la higiene que se pueda imaginar aparecía todas las mañanas en la fría placa del espejo, cuando me despertaba. Los subgrupos que luchaban por una parte vectorial del poder para estructurar la sociedad salvaje no eran demasiado diferentes a los energúmenos que disputaban los favores de un critico a sueldo. En mi principio está mi fin. La masa encefálica del australopiteco era equivalente en términos relativos, por su estolidez, al de un asesor editorial. La postura erguida -el bipedismo-, que diferencia al humano del gorila, es una adaptación que no parecen no observar ciertos conversadores de mesas redondas: prefieren reptar. Estoy aquí/ o allá, o en otra parte. En mi principio. Por ultimo, enterarme de que lo que llamamos reino animal, del cual provenimos, tuvo su inicio en la «Explosión del Cámbrico», hace unos seiscientos millones de años, terminó echando por tierra los escasos preconceptos que me habían brindado las revistas literarias.

 Como efecto colateral, además de maltratarme por haber perdido el tiempo en supercherías -no etnográficas, aclaremos-, comenzó a roerme la necesidad de poner en orden los restos del naufragio. Si algo hay de estructural en los humanos es el desvelo por las clasificaciones, y yo, aún, me consideraba humano. Por lo tanto, sin demasiada ansiedad pero en vísperas de una completa mutación, comencé a pensar en términos más amplios, menos mezquinos, aprehendiendo secuencias temporales y espaciales nada escuetas, buscando neutralizar con el intelecto los efectos letales de la idea de infinito. Dos hechos decisivos, luego de la crisis de creencia y su posterior catarsis antropológica, me fueron reconciliando con la poesía y me permitieron, a la larga, volver a los intentos de escribir. Una tarde, sin proponérmelo, por puro azar, leí a Borges. Los poemas de Borges. Otra vez, por obligación -debía cumplir con requisitos académicos- pasé algunas noches leyendo a Jakobson. Borges era el poeta omitido. Nadie reparaba en él. Por lo menos ninguna publicación o comentario hacían referencia a su obra poética. El viejo poeta había entrado ya en el tramo final de su vida y todos se contentaban repitiendo sus dicterios como autómatas. Por otra parte, Borges era la antivanguardia, era tan sólo Borges. A lo sumo, se le confería el malentendido de llamarlo genio y despacharlo detrás de su Pierre Menard, porque dicha ficción era conveniente al estado de conciencia de los diletantes de entonces. Es más, demasiados mamarrachos olvidables merecieron críticas elogiosas mientras que Los conjurados pasó sin pena ni gloria. Borges me convocaba hacia el español. Eso era todo. Casi nada. Me convocaba sin atavismos, sin tics, sin sobornos, sin la necesidad de mostrarse correcto, sin adherir, sin seguir, sin camuflarse. El español y el ingenio, que no son poca cosa. Otra revelación era el sentido metafísico de sus poemas, y era allí donde se producía el ensamble con mi nueva reencarnación: la de las secuencias enormes de tiempo, la de las estructuras que se repiten, la del tabú y la del tótem que aglutina y sentencia. Borges no recetaba que había que ser moderno, ni que era necesario pertenecer a una capilla, ni mucho menos llenar la ficha para militar en una facción. No eran distintos Ulises y un soldado de la Guerra de Secesión porque compartían una misma sustancia: el tiempo que estructura y pierde.

Y fue gracias a Jakobson que conseguí trazar los primeros esbozos de puentes; dicho de otra forma: comencé a pensar en términos de relaciones y, más aún, me adentré a tientas en los problemas del lenguaje. No podía prescindir de las concepciones de Jakobson si intentaba desbrozar los escritos de Lévi-Strauss, el cual me conducía sin prolegómenos a Saussure, y éste a Platón, el del Cratilo. La poesía ya no era una suerte de anomalía del lenguaje que podía ser «explicada» con un discurso balbuciente, armado con los préstamos de otros discursos, donde lo capcioso de aquella cháchara radicaba en su metodología de exposición: un enunciado reprobatorio o favorable (algo así como la paráfrasis de «me gusta o no») y un sinfín de circunloquios. La poesía, bajo la mirada de Jakobson, pasaba a ser un uso especializado del lenguaje, operando en una determinada función (en virtud de la teoría de la comunicación jakobsoniana diríamos: es un tipo de función que se define en la relación del mensaje consigo mismo). Por otro lado, el lingüista ruso había sido un activo participante de la vanguardia en los tiempos de la Revolución (¿cuánto habrá de él en los montajes de Vertov o de Eisenstein o en los collages de Rodchenko?) y, además, era el autor de una frase que removió mi espíritu calcáreo y desbarató el resto de jactancia de ex poeta que me quedaba: «En lenguaje no existe la propiedad privada: todo está socializado» (en El lenguaje común de antropólogos y lingüistas).

Puedo decir que mi indigente universo de poemas yermos y de conceptos a la violeta comenzaba a hundirse y a fragmentarse hasta constituir un cuadro cubista. Cada escombro de ese derrumbe oficiaba de guía para señalar un apellido a descubrir o una época a analizar. Me vi parado, mudo, ante una puerta colosal que debía empujar, en plena confusión. Jakobson me condujo al Sturm und Drang, luego a los racionalistas, y me abandonó en la Academia y, de allí, me las vi en figurillas para arrastrarme hasta los Presocráticos. Borges, por su parte, me dejó en el zaguán de la Torre de Juan Abad, donde un tal Quevedo me llenó de improperios y me recitó un rosario de insultos que, a medida que desafiaban mi pacatería, me divertían. También me abandonó en el Averno, o por lo menos me hizo cambiar de círculo. Para epígrafe de mis cuadernos me obsequió una frase que decía que la noción de vanguardia es un concepto castrense. De manera que, guiado por un Virgilio bifronte, híbrido de Borges y Jakobson, comencé a andar el segundo tramo de mi existencia, si no purgado del todo, por lo menos estremecido.

 Analizar instrumental lítico (puntas de flecha, raspadores, choppers, etc.) y deglutir una tonelada de fotocopias con las más abstrusas teorías acerca de cómo el hombre pensó al hombre, me convirtió en un fantasma, luego en un intoxicado y, por último, en un relativista. Mi flamante escepticismo iba a desestabilizar los postreros sedimentos que  me habían quedado de la época de poeta moderno.

 El poeta omitido y el lingüista ruso proponían un método, que me parecía similar, para alcanzar las conclusiones: desconfiar y reconstruir. No estaban demasiado lejos de Descartes, pero lo hacían desde otra perspectiva. Para disfrutar los poemas de Borges era necesario concederle a sus digresiones un esfuerzo libresco. Aunque su intelectualismo no excluía lo sensorial ni lo sentimental. Había que dialogar con difuntos. Jakobson reclamaba que los fenómenos del lenguaje fuesen revisados en el desarrollo de la lengua y en sus ocurrencias particulares (no en vano estudió las lenguas paleosiberianas para desarrollar una teoría general del lenguaje, lo cual es tan dificultoso y heroico como concebir un tratado de fisiología a partir de los restos de un mamut). Me recomendaban o me sentenciaban al canon diacrónico, es decir, si persistía en mis afanes poéticos debía ampararme en cierto rigor o en cierto tipo de relaciones y desandar el camino, no empantanarme y chapotear en el inestable presente de las escaramuzas de café literario. Quizá me aconsejaban, también, que escapase de la novedad, pues la novedad era una entelequia. Si hay estructuras que se repiten, la novedad puede ser entendida cómo un epifenómeno pasajero y poco relevante. Mis congéneres dados a las letras se apartaban de mí y yo me apartaba de mí mismo.

De todas maneras, un resto de acné luchaba por perpetuarse en mi fisonomía. Me preocupaba la noción de vanguardia y emprendí una cruzada, que nada tenía de épica, sino que obedecía a saldar viejas deudas, para reconstruir el término en un enunciado más sólido. Si alguien se considera moderno, por lo menos es esperable que sepa de dónde arranca su modernidad o su vanguardismo. En principio, el término me llevó hasta Baudelaire que, en Mi corazón al desnudo, habla de «poetas militantes» y de «poetas de vanguardia», para denostar ciertos comportamientos retóricos y esnobs de sus compatriotas y de algunos poetas belgas. Merodeé a los malditos y a los dandys. Bostecé ante un mamotreto de Ruskin. Pero tuve que dirigirme a las trincheras de la Primera Guerra Mundial para encontrarme con la palabra vanguardia en acción. Ser modernos y sepultar, de una buena vez, los coletazos del Romanticismo tardío y su apego al simbolismo, y expresar en actos artísticos el irracionalismo y el nihilismo, era parte del avituallamiento de los jóvenes que agonizaron gaseados. Un artillero célebre, Apollinaire, disparaba su obús contra los vetustos partenones y ametrallaba cisnes. Concluida la Gran Guerra y después de los «ismos», la fuerza inercial de la vanguardia, por lo que pude entrever, iba perdiendo impulso. Aunque siempre a los países periféricos los productos llegan con demora. Y no está mal que alcancen nuestro estuario, el asunto radica en concederles autoridad inmanente e inmutabilidad. El trozo de metralla que seccionó el cráneo de Apollinaire sirvió para dispersar un concepto y para cerrar un capítulo. Cualquiera podía hacer lo que quisiera con el arte, a condición de que se declarara artista, lo cual en medio de una catástrofe era bastante sensato. El reaseguro del individualismo, amenazado por el genocidio, es afrentar. Muerto Dios a manos de un catedrático alemán; el sujeto regido por las pulsiones; una teoría de la física que revolucionaba el concepto de materia y de tiempo; millones de muertos pudriéndose en el barro de Europa; el espectro de la Revolución… Todas estas órbitas acuciantes hacían de la estética una práctica antes que un discurso absoluto. La supuesta autonomía de un artista era sólo la concreción de un artefacto, pero sometido éste no sólo a los grandes relatos sino atravesado por la incertidumbre. Vanguardia y apropiación iban homologándose para reducirse a una actividad sin reglas estables o sin supuestos.

 Necesitaba un responso para el osario de mi panteón. El orador, una vez más, fue Jakobson: «Nosotros nos hemos lanzado con demasiada fogosidad y avidez al futuro para que pudiera quedar un pasado […] El futuro tampoco es nuestro. Dentro de unos cuantos decenios seremos cruelmente llamados ‘hombres del siglo pasado’. Teníamos tantas canciones cautivadoras sobre el futuro y, de repente, estas canciones de dinámica del presente se han convertido en un hecho histórico-literario. Cuando los cantores han muerto, y las canciones han sido llevadas al museo y atadas con un alfiler al pasado, queda todavía más desierta, huérfana y desolada esta generación, depauperada en el más auténtico sentido de la palabra». (El caso Maiakovski)

Continué trazando mis mapas y mis genealogías. Un puzzle donde se mezclaban los nambiquaras con los conceptistas, y los bosquimanos con Erasmo de Rotterdam. Así las cosas, caí en la cuenta de que, de tanto considerarme moderno, había llegado a la antesala del paleolítico, y que allí todo era diáfano y posible. Construir cultura, además de producir objetos, es crear relevos de los objetos: metáforas. Y, al final, renuncié a la idea de definirme. No tenía caso persistir en quejumbrosos lamentos por haber escrito poemas sin ideas, enmarcados en una dudosa escuela o corriente que sólo existía en mis ensoñaciones y que ya, de seguro, había sido declarada cadáver en el Viejo Continente. Borges, de nuevo, brindó su ayuda. Cualquiera podía elegir sus antecesores a piacere. Bendito Borges.

Por cierto ya casi nada quedaba en mí de los argumentos apelmazados que me habían impulsado a escribir. Mi actividad había sido ermitaña y silenciosa, había fraguado libros con retazos de otros libros, y me había persuadido de las bondades de representar, en secreto, un papel, como el que se disfraza frente a un espejo. Los cuadernos eran la fragilidad. Una fragilidad fatigosa y deslucida. La otra maldición era asumir, por mediación de los antropólogos y gracias a la cartografía que había pergeñado de los siglos XIX y XX, que el camino, al fin, se había cerrado. Yo era materia efímera que se daba a sí misma información desdichada. Ser moderno, luego de todos los modernos y bastante después del hacha de sílex, era un incordio y una fatuidad.

Sin embargo, de a poco, en una libreta de apuntes, en la que colectaba datos arbitrarios y sumas temblorosas y direcciones de sitios que nunca visitaba, redactaba cada tanto una frase. El tenor de estas emisiones esporádicas era en todo diferente a las anteriores a la crisis, pues ya no me basaba en la palabra desencadenante para que ocurrieran. Trataba de rescatar jirones, como en una pelea de modistos, a partir de un enunciado lógico. Casi todas las frases apuntadas, no digamos versos, hablaban de mí. Algunas rezaban: «Vi una sombra que me cercaba y luego vi la sombra retirándose», o «Supe que había estado muerto cuando me llamaron por mi nombre», o «Tarde para hablar, tarde para llamar, aún sin nadie», etc. Por fortuna ya no me hacía falta abrir un libro ajeno para hacer detonar la locuacidad inútil porque ahora me fiaba del instinto. Las frases comparecían ya articuladas en mí cabeza.

Como el que recurre a un vicio remoto, volví a las andadas y compré un par de libros que recomendaban en los suplementos literarios (comprendí después que se trataba de un complot para contrabandear a dos mamarrachos). Comprarlos era una forma de comprobar si había efectos latentes de la antigua manía. Epílogo para la neurastenia: los deseché sin necesidad de hurtar ninguna palabra. Sólo me sentí aburrido y, quizá, un poco enfadado.

Durante algunos años más, persistí con mis frases, convencido de la inutilidad del esfuerzo pero entretenido, como un prisionero al que el onanismo ha tornado místico, neutralizando una tensión. Las frases fueron constituyendo ciertos artificios que yo denominaba poemas porque no encontré mejor manera de llamarlos. Había crecido mi interés por los autores que Borges señalaba: hoy Virgilio, mañana Quevedo, pasado Whitman. Y había incrementado mi fobia por las bravuconadas, y los golpes de efecto, las capillas y la condición de moderno. En tanto, vi rodar la cabeza de un espía, que se había alzado con cuatro premios; vi en la picota a una señora que había dirigido un centro cultural con mano dura; vi la sombra de Frankenstein rondando a un termidoriano que abominaba de los sonetos; vi, sin leerla, una nota en la cual un poeta húngaro era objeto de veneración por haberse entregado a lo inútil: inventar una lengua; vi cuatro modernos que alababan a Juan L. Ortiz porque estaba muerto; vi a tres señoronas riñendo por figurar en un prólogo.

Mi canon era privado, misterioso, inofensivo y, frente a la monstruosidad del olvido, era tenue, ya que no podía dotarme de ningún salvoconducto, ni imbuirme de la superioridad del converso, ni conferirme un credo. Podía, sí, reírme de lo que se consideraba correcto leer, con la mayor de las simplezas. Estaba seguro de que no me iba a quitar la angustia ser correspondido por mis pares (de haberlos tenido), ni me ayudaría a escribir el hecho de desayunarme con una novedad cada mañana, por ende, no había nada que acatar, no había qué discutir y, desde luego, no había garantías que ostentar. Ser anticuado, anacrónico, marginal o preconciliar es casi tan inocuo como convertir en fetiche la propia imagen, como intentar ser más actualizado que Auden, más procaz que Marcial, o como tatuarse una culebra en el bíceps para afrentar al establishment. Mi acracia es hija de la náusea y ésta de la metafísica y ésta de lo empírico: nada perdura.

 Escribí como pude algunas decenas de poemas y cesé de escribirlos. En la mayoría hablan las voces de otros. Las palabras no pueden ser inventadas y las metáforas han sido descubiertas. Resta admitirlo y transformar el legado, y poco más. Una enorme porción del tiempo productivo de un poeta se va en perseguir fantasmas y en refunfuñar contra los rivales. Catulo lo sabía. La transformación de una misma herramienta especializada fue el desvelo de generaciones de hombres. La originalidad -para decirlo con ramplonería- es un sofisma. El orden metafórico es un lugar común, como el talento y la necedad, y el olvido es el principio y el fin.