Editorial

Ricardo H. Herrera / Luis O. Tedesco

Al cerrar el diálogo con Irma Emiliozzi, en este número aniversario de Hablar de poesía, Juan José Hernández toca un tema insoslayable de la lírica, habitualmente dejado de lado por la crítica: el de la tradición poética del idioma. Afirma: «ninguna teoría explica la creación poética, ni ayuda a escribir un poema, la poesía es principalmente una cuestión de gusto, de oído. El poeta, como decía Cocteau, es un pájaro que sólo canta afinado en las ramas de su árbol genealógico». Nos satisface que nuestras propias convicciones estéticas y nuestro primer lustro de vida hayan coincidido con la exposición clara y concisa de una verdad de fondo. Tácitamente, Hernández nos advierte que no tiene caso violentar los estrechos márgenes del poema buscando llamar la atención de una masa de hipotéticos lectores con maniobras de dinamitero. La poesía tiene un único lector: la lengua. La tradición de la lengua no admite discontinuidades: vale decir, las rupturas a las que reiteradamente nos somete el entorno público o privado, de algún modo deben estar resueltas en el poema que el poeta le presenta a esa exigente lectora. La síntesis formal, y no el impersonalismo programático fomentado por la ideología de turno, es la única objetividad que cuenta para la tradición de la lengua, una tradición que mide todo aquello que se le propone a su oído con la vara de la excelencia que han ido elaborando los maestros del idioma a través de los siglos, desde Garcilaso hasta Borges. Las ideologías pueden ser más o menos tematizaliles, más o menos infalibles, más o menos poéticas (en realidad, mientras están en auge, todas son poéticas, en el peor sentido de la palabra), pero la poesía es otra cosa, ya que invariablemente las trasciende. La ideología del poeta, sea cual sea, muere; la persuasividad literaria de su voz, no. ¿Hace falta aclarar que se puede gozar de la voz de Quevedo sin ser monárquico, de la voz de Lugones sin ser militarista? No, no hace falta. Y sin embargo la crítica, nuestra crítica al menos, sigue atorada en pormenores tan triviales como estos, persiguiendo obstinadamente una objetividad (una justicia) ideológica que deja de lado la objetividad (la justicia) estética. La responsabilidad que trae aparejada la experiencia moral es una instancia ineludible para cualquier persona, mucho más para ésa que se da el lujo de cantarle a la luna o a los humildes. No son los enunciados los que transmiten la justicia de la experiencia humana, sino el tono: esto lo saben muy bien tanto los niños como los animales. Al igual que ellos, la Poesía no se deja engañar: capta a la perfección la injusticia de fondo que supone toda incongruencia estilística.