La rana de Volta
Javier Adúriz
(Leónidas Lamborghini: carroña última forma – Adriana Hidalgo Editora)
1. La obra de Lamborghini es sumamente honesta; representa, a mi modo de ver, no sólo una deliberación creativa llevada hasta el límite humano de lo absurdo, sino también el trayecto en que la propia gimnasia vanguardista termina por destruir a su intérprete o desaforado acólito. Desde luego, sus libros son un templo de agitados pilares, algo que durará para el pasatiempo y la risa de las gentes.
Es sabido que Lamborghini se inició con un gesto de rechazo a la elegiaca generación del 40, que resolvió un canto paralelo en una suerte de experimentación incansable a través de la abominación de lo lírico, en orden a la mofa y el desplante. Así, propulsor de un modelo de sesgo parodial, antes épico y rastrero que sublime, encontró en el ámbito de la comedia un lugar de respiración o salvación personal que le permitiera soportar las condiciones de la época.
Este heroico relativismo ha sigo bendecido casi en bloque por las figuras del campo intelectual. «Cómico ejercicio de subversión», sintetiza Freidemberg, por ejemplo, y sin embargo, toda su obra se resume en un hablar inane, con la fortísima convicción de incompletud que se traslada a sus textos, achaparrados en una aguda sentencia de incredulidad intrascendental. Como si sus libros fueran la doxa de que su literatura es literalmente increíble -que toda literatura lo es-, un objeto carente de cualquier fe como no sea el repliegue a los jueguitos solitarios del lenguaje y la risa cruel que produce, un estremecimiento compulsivo o disfunción, en suma, de las posibilidades de representación.
Con todo, en esta doctrina que suena a catequesis para giles hay una roca firme de su aventura expresiva, la tensión in vitro de un nada vale nada, desarticulador del ejercicio y la ilusión de verosimilitud que cualquier escritura conlleva. Una especie de tubo catódico con su cañón de electrones barriendo la pantalla del entretenimiento, cuyo polo positivo es retórico, la divinidad; y el negativo, la vida, un memento velocísimo de que somos pudrición, muertos en vida: vacío.
Con respecto a cualquier divinidad, de cualquier religión -señala en una página de El riseñor- ¿qué es lo máximo a que podemos aspirar? Relaciones de semejanza y desemejanza: somos criaturas a medio hacer. Un programa que habrá de repetir siempre un idéntico programa, las elongaciones y contracciones de la rana de Volta, a partir de un crudo y jocoso teatro de sombras, persuadido al cabo de que su revolución es una insurgencia de mesa, como el aventar de un cuesco en el fin del mundo para que el Olimpo tiemble.
No obstante, lo de cómico es cierto, porque es ahí donde brilla el espacio de la libertad del autor: una risa trabajada en frío, tal vez demasiado mental a mi gusto, pero absolutamente legítima, tan legítima como finalmente inofensiva. Nada sé sólo quizás que haré reír un poco con la historia de mi vida, hace decir en carroña última forma a uno de sus locutores. Y el espectáculo se pone en marcha.
2. En general, si se me permite, aunque cualquier exageración en este contexto es plausible, el volumen «cuenta» una epopeya cómico dramática. Las proezas incongruas de múltiples yoes que pululan dentro del yo, desde el desfondado trono de una identidad. Una cinética metonimia, estereotipada en la pomposidad del título, postulado bajo la advocación de Baudelaire quien, por su naturalismo gótico, percibía en su poema movimiento todavía en la descomposición, una especie de animación inefable.
Así, el cuerpo textual -y su enfermedad- está planteado mediante el diseño de un «mosaico móvil» de libros anteriores, una reposición de lo ya dicho o yerto, al que se le aplican descargas con fluencia de inarmonía metódica y una paradójica vindicación de la locura.
De modo que antes que en el concepto de obra completa, cuya fijeza cronológica intimida, Lamborghini opta por un elástico collage de escrituras pretéritas, puestas otra vez en circulación, en este caso por la ciudad de la mente, y que por su misma naturaleza descolocada darían aún la sensación de «work in progress», el deambular de la criatura paródica. Un funambulismo que regresa al origen de lo grotesco, tal vez en homenaje a los hermanos Discépolo, quienes ejercitaron ese principio de deformación, aunque con notorio énfasis en el patetismo, aquí abolido.
Es conocida la derivación del vocablo ‘grottesco’ del latín gruta, cueva, evocador de aquellas pinturas que los latinos efectuaban en lugares de margen con el propósito de conjurar el temor al vacío. Allí, como en el centro histérico de un pavor a la muerte, buscaban aliar órdenes dispares, mientras la sinrazón de lo monstruoso desfogaba el ánimo. Análogamente, Lamborghini desciende a esos infiernos, construye la instalación de su propio yo en una zona neutra, a través de una materia duplicada en voces distantes de títeres o fantasmas a los que obliga a dar cuenta del viaje, en una tentativa de alcanzar la esencia de lo vital y, quizás, una rara belleza, esa belleza capaz de convivir y sobrevivir anónima en la mescolanza más absurda o burda, -escribe en la novela Un amor como pocos- esa clase de belleza (…) que sostiene al mundo.
Esto es, retiradas sus huellas presenciales, conforme a una poética del disfraz y en el tono de auriculares estéreos para escuchar los yoes, pinta una zona de «lo mí», coherente con su eslogan del «horroreír», punto final de la náusea y el extrañamiento. -Canto: lo cómico del horror. -contracanto: el horror de lo cómico (…) lo horrendo de lo mí en lo cómico de lo mí: ¡hasta el horrorreír!: un establecimiento de-mente donde todo pasa y todo sigue sin fin ni principio, hasta el final.
3. Un motivo palpable del entretenimiento que provoca la obra de Lamborghini es su manipulación voluntaria de los órdenes dispares, el hablar en fractura. Porque no se limita a la convivencia de lo alto y lo bajo, lo refinado y lo grosero; también el estilo y el fraseo están conducidos a una rutina de inconsecuencia, -muy semejante al género del «capricho»- donde la literatura, en palabras de Giannuzzi, se da tiempo para comer de todo.
No es raro, entonces, encontrarse con el hombre hiperculto, quien se aviene a definir la soledad del títere con una metáfora de traje tradicional: jarro vacío ardiendo en una hornalla con pasión de mártir, tan pronto degradada en: Bueno pero ya fue bastante ¡acabemos con todas estas pelotudeces de mierda Solicitante de mierda! que consuena con aquella apreciación de Picabia en vistas a que el arte es un producto farmacéutico para imbéciles.
Igual, los estilos. El rincón gauchesco combina el alarde de su relación con la técnica del poema conversación de Apollinaire, auditor de todo; o bien, las apelaciones publicitarias y los chistes gastados se hamacan entre aforismos de consigna literaria. Interminable conflicto: dos pelados en lucha a muerte por un peine divide sus aguas, para el caso, con: hay que poder llegar a la palabra gesto que diga sin decir de la más pura intransigencia dadaísta.
El propósito es la simulación de una atmósfera de ilogicidad dislocada, algo semejante a lo vivo y lo libre, aunque esté muerto, permeable a la turbia ambigüedad. Ambigüedad o confusión que en parte se vincula con los nuevos tiempos de resignación ideológica y, en parte, con los simulacros del genio. Es la sobre-determinación de la locura como temperamento del estatuto creativo, en código de ininputabilidad, donde todo puede estar bien o mal, según se mire. No otro desciframiento recomienda el aviso parroquial, con protocolo de narcicismo abstracto: no podrás extraer ningún placer de la vida si no puedes enloquecer, cotejado con: la locura y su representación porque todo está hecho para volverse loco, que calza todavía la huella juvenil del barrunto político.
una turra escriturra que sólo acepta ser el retrato de una mente su trazado protesta el guiñol frente a la encerrona de una estética. Pero la agitación estólida sigue: vereda de lujo: soretes de perro en reluciente bandeja para que el espectador caníbal masque con graciosa paciencia.
4. Pero la carroña igualmente es forma, principalmente una forma. Un artefacto cosido con montajes y puntos suspensivos para blandir esa secreta aspiración al caos. En este sentido, Lamborghini, amén del dictado de un deletreo verticalista -dibujo tipográfico que gasta en gran parte del libro-, entroniza el desquicio con el tirafondo de las reescrituras. No sólo las suyas, sino la de admiraciones y aversiones que vuelven para ser olvidadas.
El procedimiento de la reescritura -se sabe- ha sido precisado, al punto de que mencionar a Lamborghini es recordar a la reescritura y a su autor como en sinécdoque; técnica que le ha otorgado una extensa popularidad al menos entre profesores universitarios.
Es cierto que la reescritura es el origen de la literatura misma, una práctica que solventa en el iniciado la angustia de las influencias. Primero, una imitación: después, una emulación y finalmente, un pródigo ejercicio de parricidio. Sin embargo, aquí tiene otro espíritu. Se convierte, gracias a su grado de obsesividad y límite, en un dilatado curso de laborterapia, una dulce agresividad que se avergüenza de serlo y engendra el juego de un juego con iracundias y suspensos que se descargan al decir otra cosa. Una finta de masturbación como correlato de la imaginería, emparentada al rictus parodial y a la pulsión de la deformación implicado en asimilar la distorsión y devolverla multiplicada.
Por otra parte, opera aquí como una pedagogía de clasicismo, semejante a una manipulación por ley de contraste, como los contrapuntos que la pintura vanguardista adoptó a través del collage para darle algún punto de realidad a lo inverosímil. Paralelamente, el dispositivo en carroña conduce a la mente del espectador a una recuperación de su enciclopedia, pero al solo efecto de sumergirlo de inmediato en el reglamento: fragmenta mutila balbucea si-la-be-á que es -¡percantón! lo que has venido haciendo desde siempre y que es hasta el fin lo único que podrás hacer.
Por último, resulta una carta de presentación y entrada en el museo imaginario del baile verbal en que termina la literatura. Una costumbre de amistad inexplicable, hecha de afirmación por rechazo, muy parecida a la voluptuosidad que produce el escándalo.
En efecto, creo que la reescritura y la parodia disparan a Lamborghini a maestro de todas estas cosas, aunque uno no sepa muy bien para qué. Si en definitiva la gloria de los modelos no reside en su caricatura, sino en ellos y por ellos, donde misteriosamente dura la posibilidad del poema, que es más que nada.
Javier Adúriz