Editorial
Ricardo H. Herrera / Luis O. Tedesco
No es algo que obedezca al puro azar el hecho de que en la segunda mitad del siglo XX el gusto por la perfección haya sido casi tan raro como la perfección misma. El marmóreo espectro valeryano, su corrección pedante, muchas veces estéril, deificadora del cálculo, de una escritura escrupulosa hasta la exasperación, se erige aún como un elocuente testimonio de los daños que puede acarrear el perfeccionismo, una advertencia que pocos están dispuestos a olvidar. Todos llevamos en nuestra memoria versos como «La perfección es terrible: no puede tener hijos», de Sylvia Plath, o «Amar la perfección porque ella es el umbral, / Pero negarla apenas conocida; muerta, olvidarla, // La imperfección es la cima», de Ives Bonnefoy, versos que se diría han sido escritos para conjurar el suicidio poético que puede originar la facultad de especular con letal penetración sobre las causas y los efectos del arte de la palabra. Y sin embargo, nuestra situación cultural no es equivalente a la que inspiró las líneas de Plath y Bonnefoy. No es equivalente porque la vocación por traspasar los límites, ha concluido por confinar el poema en el desván de las transgresiones privadas, del documento psicológico provisto únicamente de interés clínico. El aire fresco del informalismo está viciado, sus precarias recetas han pasado a engrosar el abultado registro de los usos marchitos de la imaginación. Pese a que se diría una salida obligada, casi nadie espera soluciones de la obstinación ética o religiosa. Por otra parte, las estrategias de la antirretórica, del discurso indirecto, son cada vez menos eficaces: se alude tan sutilmente a lo que se ama, se lo enmascara de tal manera, que lo amado acaba por zozobrar en medio del alud de lo que se detesta. El desengaño sin fondo de nuestros días devora cualquier estética con una velocidad inverosímil. Esta rápida y general devaluación de las teorías, que en la práctica trae aparejada una progresiva desvalorización de la palabra poética, a nuestro juicio vuelve a otorgarle cierto sentido a la búsqueda de la perfección. No cabe duda de que es necesario realizar un movimiento de ascesis. Hoy por hoy, la búsqueda de la perfección tiene esas modestas características. Si se hace abstracción de sus pasados delirios de autonomía, si se la abre a un diálogo con lo vivo que nunca podrá acabar, la búsqueda de la perfección quizá pueda restituirle a la sensibilidad el gusto por la calma, por la atención, por el equilibrio; tal vez pueda devolverle al pensar poético la preferencia por una palabra que de verdad sea necesaria.