Un espíritu mediterráneo
Rafael Felipe Oteriño
(Alejandro Nicotra: Cuaderno abierto – Ediciones del Copista)
El poema breve ha corrido una suerte dispar en nuestra literatura. Salvo las composiciones de pequeño formato que aparecen en la obra de Baldomero Fernández Moreno, comprendidos los textos de aire aforístico agrupados en La mariposa y la viga, habrá que llegar a Raúl Gustavo Aguirre para encontrar auténticas expresiones de esa avecilla hecha de imagen, grafía y sentido, que con tanta facilidad escapa de la jaula de poemas de mayor extensión. Inclusive en la poesía temprana de aquél puede observarse una sujeción al metro y a la rima que, al amparo de dotarla de música, vincula su obra con la tradición oral y costumbrista española, en tanto que en el otro, el yo lírico se ve suplantado -ex profeso, claro está- por el yo lúdico que alimenta esas condensadas piezas de tono repentista. En Aguirre, la conjunción imagen-sentido se da de manera más visionaria; es que este cultor del poema-relámpago, al tiempo de ser casi un contemporáneo nuestro -y estar dotado de una simbología que nos es más afín-, ha bebido en las aguas de Rene Char, una lectura de consecuencias renovadoras.
En este contexto, la poesía breve de Alejandro Nicotra sobresale por su originalidad y eficacia. Lejos de buscar la sorpresa a través de la paradoja o del humor, apartada de cualquier propuesta programática y de toda forma de elocuencia, está sostenida por un refinamiento espiritual -ascesis de cuño místico, pero sin mortificación ni anulación del sujeto- que le permite ver cauces donde hay ríos, y soles adonde la espesura es lo que golpea los ojos. Hecha omisión de todo lo que pudiera servir como adorno o abastecimiento de lo real -para él un árbol es un árbol-, logra en sus poemas una delicada cristalización verbal en la fe de que la forma es lo que confiere identidad al texto.
Hay que destacar, por eso, el dominio de los recursos poéticos -hechos de verbo, pero también de los contrastes entre el blanco de la página y el negro de la tinta-, el empleo de las palabras como si fueran cualidades de los objetos, y el don puesto de manifiesto para convertirlas finalmente en verdaderos iconos de la experiencia. Esto es: desplazamiento de los motivos del poema por aquello traduce su plasmación verbal en la página, hasta el punto de resultar en ocasiones irreconocibles esos motivos, si no es a través de la imagen que, como alternativa, los revela: «Aquel cuarto, que rueda con el día / y la noche/ / alto sobre la ciudad, / como un planeta sin nadie / -o sin designio: / / ahí tu muerte, que ha cerrado la puerta; / tu palabra, que llama / a su vacío».
El resultado es el emplazamiento de una realidad «otra» -verbal y artística-, que afirma su presencia, antes que en la descripción, en su capacidad de emitir sentido – «hacer señas» a través del lenguaje, como decía Roger Munier-: la presencia, frente al ojo, de lo otro entrevisto, a través de lo cual habla el vasto mundo. Así, cielos, murmullos, la luz matizada, el agua, hierbas y voces son como labios que, atravesando una veladura que tiene la inequívoca sustancia del tiempo, obran a modo de protagonistas de los poemas.
Intimista, de tal modo, pero impresionista en su concreción, y hasta esotérica por su cuota de secreto, la poesía de Nicotra es una solitaria expresión de las más puras corrientes que alimentaron el siglo XX: por su policromía, el posmodernismo; por su sensibilidad, el humanismo rilkeano; por su captación de lo trascendente a partir de lo circunstancial, la intimidad machadiana; por su precisión sintáctica, el hermetismo europeo de entreguerras. Pero por encima de todo esto -y dando legitimidad a la voz- sobrenada en ella la presencia de un paisaje absolutamente reconocible -el paisaje de ocres, morados y apagados azules de la traslasierra cordobesa-, elevado a una condición metafísica que lo aleja de todo pintoresquismo, pero del que no podemos sustraernos si queremos referirlo a una toponimia. Lo mismo que nos ocurre con la Aix-en-Provence de Cézanne (¿cómo eludir sus registros del monte Sainte-Victoire, pintados una y otra vez, cuando hacemos alusión al mediodía francés?) y con los estudios del paisaje cordobés de Fernando Fader, pintores con quienes cabe emparentar a nuestro poeta.
Si la función de la poesía, fuera de describir y de contar, es la de captar lo inasible, lo que no tiene nombre -todo lo que la sociedad venal desprecia por innecesario y lírico-, la poesía de Alejandro Nicotra transita esa cuerda, aun a riesgo de parecer anacrónica o antihistórica. Es que la historia no está en su propósito, como tampoco lo está la mera cronología de los hechos presentes o pasados. Su ambición está del lado de compartir -haciéndolos visibles; esto es: significativos y con estatura humana- los datos de la naturaleza, en la certidumbre de que son parte de un orden sagrado.
Sus temas, que parten -eso sí- de circunstancias temporales -plaza, pieza de hotel, trino, mesa de café, Cruz del sur-, revisten al cabo de su realización una intemporalidad que los salva del desgaste. Como si se tratara de raptos, los poemas se elevan a partir de aislados destellos de una totalidad, pero no por la imposibilidad de asir esa totalidad en su conjunto, sino por la certeza de que ella está allí, entera y autosuficiente, y que sólo en lo fortuito permite su intercesión con lo humano.
Elevados a tal instancia, revelan menos una historia que el dichoso fluir temporal que inquietara a Horacio; menos los datos de una subjetividad conmovida que una concepción espiritual de la naturaleza; y esto en un cuidado nivel de abstracción que los convierte en concentradas piezas verbales puestas a irradiar valor. No es, por lo tanto, una poesía sostenida por la techné, como podría pensarse por aquella filiación formal, pero no carece de techné. No se sostiene por la razón, pero hay una concepción de la vida detrás de ella. Es lo que podría denominarse una poesía de ademán -de ademanes-, que testimonia el punto de conciliación entre las tensiones que se generan tanto en tomo del hombre y la naturaleza, como del hombre enfrentado a su propia interioridad.
Otra secreta filiación parece estar del lado del haiku, pero despojado de toda copia servil. Quiero decir, lo que podría ser el haiku en lengua española: una apretada síntesis de pensamiento e imagen, en la que no quedara afuera la gracia. Una levedad alada y sagrada: lo repentino, lo volátil, eternos reinos de la poesía. Poemas enteros, de no más de cinco o seis versos, o fragmentos de otros de mayor extensión, tienen esta impensada raíz: ‘Tú estás en el jardín, y brilla el oro / de tu anillo en tu mano, / su luciérnaga. / Lejano el trueno te acompaña//.
Pero, por encima de todo: una genealogía solar puesta a explorar la verdad artística que emana de las profundidades de la naturaleza. Un espíritu mediterráneo que hace homenaje y reivindica para la poesía la raíz griega de su nombre.
Rafael Felipe Oteriño