Un poeta pictórico

(Francisco Madariaga: Contradegüellos. Obra reunida – EDUNER)

Entiendo que son clásicos en su estilo, los poetas líricos que comunican una anécdota, una reflexión o un sentimiento, con una claridad enunciativa semejante a la de la prosa, salvo que con la particularidad, específicamente poética, de una entonación íntima y musical. Modernos creo que son, en cambio, los que no encuentran en el lenguaje un medio fiable, sino más bien un arduo objeto de trabajo: estos otros no escriben a partir de pensamientos y de emociones como aquellos, sino a partir de palabras, que engarzan y yuxtaponen laboriosamente en sus poemas, como el indócil material de una ardua obra de orfebrería. (Para un poeta moderno, el sentido no es un punto de partida, sino más bien el raro e improbable fruto de una alquimia profunda y fatigosa.)

Francisco Madariaga pertenece al grupo de estos últimos, por adscripción propia y por merecimiento objetivo. Su procedimiento literario, según lo entiendo yo, consistió en una sorda y prolongada inmersión en el paisaje correntino (el paisaje de su provincia natal). Su resultado, fue un profuso torbellino de imágenes y palabras en el que a menudo resulta imposible distinguir objetos, pero en el que resuena siempre, con soberbia atronadora y subyugante, el tono vehemente del trance y de la inspiración numinosa.

Dos aficiones signan la obra poética de Madariaga. La primera, es la ya mencionada, es decir, Corrientes, la tierra natal del poeta, con su paisaje agreste y con sus gauchos anacrónicos. La segunda es el surrealismo, no sólo con sus tropos literarios característicos, sino también con su épica reivindicatoria de la libertad, del amor y de los instintos animales en el hombre, en contra del orden social y de los poderes establecidos. Combinando ambas aficiones, inventó Madariaga una épica propia, consistente en la contraposición de la vida rústica e inocente de los gauchos de su provincia, a la vida inicua y falsa de la metrópoli porteña. Esta contraposición, sin embargo, es a menudo endeble y retórica. Ricardo Herrera ha señalado que el surrealismo de Madariaga es incidental, que lo que prima en su poesía no es la incoherencia de la escritura automática, sino la oscura rudeza del habla de los gauchos correntinos. Yo opino que el orden de las prioridades es el inverso. Cuando Madariaga afirma que el gaucho y el paisaje de Corrientes son surrealistas, no lo dice con desdén provinciano, para desmentir la novedad de la escuela estética foránea; lo dice, en realidad, como buen literato, para elogiar a su provincia y a sus gauchos con el neologismo francés. Yo creo que el gaucho exaltado que reivindica su tierra natal, está subordinado, en la obra de Madariaga, al literato de Buenos Aires que también supo ser. Al gaucho, su medio cotidiano tendría que resultarle natural; es al literato de Buenos Aires al que le resulta fantástico. Este último punto de vista es el que prevalece en sus poemas, en el que la vida de la campiña correntina es menos un complejo de creencias, costumbres y moralidades, que un reservorio inagotable de imágenes exóticas y rutilantes.

Madariaga no es un poeta épico, es principalmente un poeta pictórico. Sus gauchos son menos lo que dicen y hacen que una modificación cromática del paisaje correntino. No son personajes, sino un cúmulo de imágenes y de metáforas. (No es que Madariaga los observe impasiblemente; él los quiere y frecuentemente lo declara. Pero acierta pocas veces en hacerlos queribles para el lector, si acaso lo intenta o lo considera necesario.) Semejante es su devota evocación, en el libro de memorias que abre sus obras completas, de sus amistades literarias. En ese libro, recurrentemente, Madariaga cita a cinco o seis poetas en un bar; presenta a cada uno con nombre y apellido, anota la dirección exacta y el nombre preciso del lugar en el que se llevó a cabo la reunión. Luego, olvida contar la anécdota, o siquiera la frase memorable que dijera alguno de los contertulios. Silvio Mattoni, creo que lacanianamente, interpreta estas áridas listas de nombres y lugares como la reacción rapsódica del poeta ante a una realidad sublime e inenarrable. Yo, menos ocurrente para interpretarlas, no descarto la hipótesis de la impericia narrativa de su autor.     

Sin dudas, el fuerte de la poesía de Madariaga está en el tono de su decir, y no en lo que dice o cuenta. Cito el siguiente poema, no a manera de comprobación de las líneas precedentes, sino más bien para obviarlas, para que el lector que no leyó nunca a Madariaga pueda conocerlo y formarse una opinión propia.

 

Puente Florencia

Le hablo a ti y a mí, niña Florencia, montada sobre una tordilla alada, y yo sobre un malacara de tormenta: ¿Qué haremos con los Trinos si son Negros?

Todo se olvida. Vuelan todos los puentes del dolor. Tenderemos un puente al ciervo que olfatea tesoros, hasta que nos descubra El Tesoro del Olor de Infinito.

Es el invierno y vamos cruzando La Pasarela para el Tigre de los Sueños. Nos miran asombrados: un caballito del color de cidra, Ala de oro, que come algas verdes del estero, y nos miran brujas blancas-ruanas, sus amigas, y nos mira una garcita que reposa.

Tiene el sonido una esperanza de libertad y un fuego de oro.           

 

La edición de la obra reunida de Madariaga está a cargo de Roxana Páez, que ha llevado a cabo un diligente y exhaustivo trabajo. El libro, que consta de dos copiosos volúmenes, incluye entrevistas al autor, colaboraciones en revistas, las ilustraciones de portada de las primeras ediciones de sus obras, facsímiles de manuscritos y de poemas mecanografiados, fotografías del poeta, de sus ranchos, de sus caballos y de sus amigos, estudios y homenajes dedicados al autor por varios críticos y poetas (entre los que se encuentran los que he aludido más arriba de Ricardo Herrera y Silvio Mattoni) y hasta un CD-ROM con el registro sonoro de la voz del poeta. Las notas y la introducción de la editora, sin embargo, son rapsódicas e inspiradas, a menudo de difícil comprensión. Están redactadas en un probable dialecto universitario, que supone necesario complementar el castellano con palabras como “biografema”, “mitologema”, “logosfera”, y cuyo significado, este reseñador desconoce o no quiere recordar.      

Franco Bordino